viernes, 5 de julio de 2019

MICROBIOMA

A día de hoy, no es fácil saber con exactitud cuántas células dan forma a nuestro cuerpo. Es imposible contabilizarlas una a una, así que para obtener un número más o menos fiable hay realizar diferentes consideraciones teniendo en cuenta los diferentes órganos y tejidos que dan estructura a nuestro organismo. Mediante estas aproximaciones, actualmente se acepta que nuestro cuerpo es el resultado de la unión de varios billones de células de diferentes tipos. Para ser más exactos, unos treinta billones.

Éste no es un número especialmente significativo. Nadie se ha llevado las manos a la cabeza al conocer su dimensión, ni se espera que los miembros del equipo que ha realizado el cálculo grave para siempre sus nombres en los anales de la Ciencia. Treinta billones de células es un número bastante neutro. Lo que sí que suele resultar más inquietante es la comparación de su magnitud con el de organismos microscópicos que acompañan a estas células. Y es que nuestro cuerpo viene a ser algo así como un enorme crucero repleto de polizontes –varios billones también–.

Este conjunto de microorganismos es lo que se conoce como microbioma, y está compuesto, fundamentalmente, por bacterias; aunque también hay un número significativo de virus y hongos. Gracias a las técnicas de secuenciación masiva de ADN –las mismas que se utilizan para secuenciar nuestro genoma– podemos conocer todas las especies bacterianas que están contenidas en nuestro organismo; sobre todo en nuestro intestino, pero prácticamente no existe un órgano o tejido que se encuentre completamente ausente de algún tipo de microorganismo. Mediante estos análisis de ADN se puede conocer la diversidad bacteriana que tenemos y la proporción relativa de cada especie.

Tradicionalmente, para conocer la composición bacteriana de un contexto determinado, lo que se hacía era llevar esas bacterias al laboratorio, aislarlas, cultivarlas y estudiarlas después de crecidas. Pero hoy sabemos que mediante esta metodología estábamos perdiendo en el proceso más del 90 % de todos los microorganismos. Por eso, las modernas técnicas de análisis masivo de ADN han venido a aportar una enorme cantidad de información sobre nuestro microbioma.

Ahora sabemos que la relación entre las diferentes familias de bacterias presentes en las diferentes estructuras de nuestro cuerpo determinan su correcto funcionamiento. La fiabilidad de nuestro sistema digestivo, las alteraciones de nuestro sistema inmune o, incluso, nuestra predisposición a padecer cierto tipo de cáncer están relacionados directa o indirectamente con el microbioma. En el futuro, probablemente, aprendamos a regular estas proporciones. Mientras tanto, sólo podemos seguir aprendiendo.

TERAPIA GÉNICA

En la segunda mitad del siglo XVI existió un médico en Bolonia llamado Gaspare Tagliacozzi. Este italiano tuvo bastante éxito en su época en el desarrollo de varias disciplinas médicas, pero por lo que ha pasado a la historia es por ser un pionero en la Medicina Estética. Concretamente, Tagliacozzi es considerado el precursor de la rinoplastia. Para la curia eclesiástica del momento, este cirujano plástico no hacía sino violar las leyes de la naturaleza, por lo que su cuerpo fue enterrado con deshonor más allá de las murallas de la ciudad.

Hoy en día, y sólo en España, se llevan a cabo más de 100.000 operaciones de cirugía estética al año. Y ya nadie entiende que sea una obligación cargar de por vida con la nariz aguileña del abuelo paterno, las orejas de soplillo de la abuela materna o el culo plano de buena parte de tu familia. La herencia recibida de nuestros antepasados es un regalo envenenado que no estamos obligados a mantener. Pero, ¿y con los genes? ¿Estamos condenados a cargar con el peso de nuestros genes hasta el último día de nuestra vida? ¿O podemos elegir cambiarlos por otros que nos vengan mejor?

Quizá, como hace 500 años sucedió con las operaciones de Tagliacozzi, alguien piense que jugar a moldear nuestros genes sea una violación de las leyes de la naturaleza. Pero si no lo hemos hecho aún es porque no hemos tenido las herramientas adecuadas para llevarlo a cabo. Y era sólo cuestión de tiempo. Esta misma semana, la agencia estadounidense encargada de aprobar la introducción de un medicamento en el mercado anunciaba que daba permiso para que un fármaco llamado Zolgensma se empezara a comercializar. La anécdota –y lo que parece haber cobrado carácter de noticia a tenor de lo visto en prensa– es que éste se ha convertido en el fármaco más caro del mundo, al alcanzar un precio de más de 2 millones de dólares por dosis. Pero, como digo, eso es sólo la anécdota. La verdadera noticia es que Zolgensma se ha convertido en el primer fármaco que utiliza la terapia génica para curar una enfermedad.

Zolgensma es un fármaco biológico construido a partir de un virus llamado AAV9 al que se le ha quitado su propio ADN y en su lugar se ha colocado un gen humano llamado SMN1, que es el que falla en pacientes de una enfermedad llamada Atrofia Muscular Espinal. Así, una sola dosis intravenosa de este fármaco puede hacer que los enfermos empiecen a expresar adecuadamente una proteína que se producía erróneamente, y curarse para siempre.

Sin duda, esto es sólo el principio. Estamos al comienzo de una nueva era. Pero la terapia génica ha venido para quedarse. La medicina y la genética cada vez convergen en más y más puntos de su camino, y su unión se antoja indisoluble en adelante. Esperemos que sea para bien de todos

LA MUTACIÓN DEL EVEREST

El Himalaya es uno de los lugares más inhóspitos de la Tierra. Quizá por eso, el hombre siempre se ha sentido fascinado por tratar de dominarlo. Y quizá también por eso, desde la segunda mitad del siglo XIX, coronar su montaña más alta se convirtió en un sueño para el mundo del alpinismo. Esta montaña se llamaba Pico XV, y fue rebautizada como Monte Everest, en 1865, en honor al geógrafo británico Sir George Everest. En mayo de 1953, dos hombres alcanzaron su cima por primera vez. Se trataba del neozelandés Edmund Hillary y del sherpa Tenzing Norgay. Ambos han pasado a la historia por ser las dos primeras personas que lograban derribar la cima del gran gigante, y en el Olimpo del alpinismo, ocupan un merecido lugar de honor.

¿Pero tuvieron los dos hombres el mismo mérito? ¿Jugaba alguno de ellos con ventaja? Hoy, la Ciencia nos dice que no partían en igualdad de condiciones. Aunque ya era conocido que los sherpas presentaban cierta facilidad para moverse por las laderas más altas del planeta, fue en el año 2017 cuando se publicó, en la prestigiosa revista científica PNAS (Proceedings of the National Academy of Sciences), la explicación a este fenómeno. Y es que esta población presenta una variante de un gen llamado ppara que facilita la vida a gran altitud. Así, los sherpas tienen menores niveles de oxidación de los ácidos grasos en biopsias musculares, gran protección contra el estrés oxidativo y, sobre todo, una mayor eficiencia en la utilización del oxígeno.

Y es así como opera la evolución de las especies. Por una razón puramente aleatoria, el ADN de un ser vivo sufre diferentes alteraciones respecto al patrón que tendría que seguir, y estas diferencias (mutaciones) hacen que su adaptación al medio sea mejor. Aunque, ojo, no siempre es así. En algunas ocasiones las mutaciones no son precisamente beneficiosas. Pero cuando sí que lo son, los individuos que las presentan se ven beneficiados respecto a los que no lo hacen, y su supervivencia y reproducción es más eficiente, transmitiendo esa nueva forma del gen (alelo) a su descendencia.

Las adaptaciones metabólicas que han facilitado la adaptación de los sherpas a vivir en el Himalaya son fruto del azar. Y su explicación nos la brinda la Genética. Otra cosa es la continua necesidad humana por alcanzar nuevos hitos. George Leigh Mallory fue un alpinista que intentó, sin éxito, alcanzar la cima del Everest tres veces entre los años 1921 y 1924. Cuando le preguntaron por qué lo hacía, él respondió: porque está ahí. Mallory murió en su último intento de ascenso, y su cuerpo descansa en la montaña. Aunque no sea la especie elegida, el ser humano es la especie más compleja que ha habitado nunca la Tierra.

miércoles, 12 de junio de 2019

VIRUS

Durante la Segunda Guerra Mundial, en el Frente del Pacífico Sur, el militar más condecorado de la historia en los Estados Unidos, el general McArthur, se encontró un enemigo con el que no contaba: los mosquitos. El militar se quejaba amargamente de que por cada hombre que tenía en disposición de enfrentarse con un japonés, otro estaba convaleciente a causa de una enfermedad transmitida por el insecto. Y es que los mosquitos actúan como vectores de determinadas enfermedades provocadas por parásitos protozoos, como la malaria, o por virus, como la fiebre amarilla, el Dengue o el Zica. Por este motivo, en numerosas ocasiones escuchamos esa afirmación tan poco precisa de que el mosquito es el animal más mortífero del mundo.

Pero, estrictamente hablando, los verdaderos responsables de esas muertes no son los mosquitos, sino los microorganismos de los que son vectores. Y un tipo de éstos, como ya hemos apuntado, son los virus. Estos organismos son los responsables, cada año, de la muerte de más de tres millones de personas. Y en el pasado fue mucho peor. Sólo el virus de la viruela pudo acabar, en el siglo XX, con la vida de más de 300 millones de personas.

Los virus no son organismos vivos. Son, sencillamente, agentes infecciosos. Y no lo son porque carecen de estructura celular, porque no son capaces de autoreplicarse a sí mismos para dar lugar a nuevos virus, y porque no tiene la capacidad de relacionarse con el medio en el que se encuentran. Pero, entonces, ¿qué son? Pues son apenas unas pocas proteínas organizadas de tal manera que en su interior son capaces de proteger a un ácido nucleico (ADN o ARN), y que se aprovechan de la maquinaria de una célula a la que infectan para dar lugar a nuevos agentes infecciosos.

Los virus son los responsables de algunas de las enfermedades más letales en la historia del hombre. Algunas ya las hemos mencionado, como el Dengue o la viruela, pero también el SIDA, la rabia, la gripe, el sarampión o la rubeola son enfermedades ocasionadas por virus. Por suerte, para muchas de ellas disponemos de vacunas altamente efectivas. Es el caso de las paperas, rubeola o sarampión. Pero no podemos bajar la guardia.

Los virus no fueron detectados hasta finales del siglo XIX, debido a su tamaño –menor que el de una bacteria–. Desde entonces se han identificado unas cinco mil especies, y se piensa que más del 99% están aún por descubrir. Pero no todo tiene por qué ser negativo. En los virus podría encontrarse una solución a la lucha contra el cáncer, contra las superbacterias o contra centenares de enfermedades que atacan a nuestros cultivos. Habrá que definir de manera adecuada los términos de nuestra relación con ellos. 

sábado, 1 de junio de 2019

PRIONES


En 1958, justo hace ahora 60 años, la NASA puso en órbita el primer satélite artificial americano, el Explorer 1. Pero el hito científico que ha pasado a la historia de ese año fue otro: el nacimiento del Dogma central de la Biología Molecular. Éste fue establecido por el Premio Noble británico Francis Crick, y lo que venía a decir, básicamente, es el que el ADN de todo ser vivo da lugar a las proteínas -que son las verdaderas responsables de todas las acciones que suceden en las células-, generando por el camino un producto intermedio, que es el ARN. Esta relación es unidireccional, y siempre se da en el mismo sentido. El ADN da lugar a ARN, y el ARN, a proteínas.
Pero el dogma, en su calidad de infalible, dejó de serlo pronto. Es decir, al poco tiempo de establecido, se encontraron sistemas biológicos que lo contradecían. Una de estas excepciones la provocan los virus de ARN, como el virus del SIDA -el VIH- o el de la gripe. En estos sistemas existe una proteína que es capaz de producir ADN a partir del ARN. O sea, que es capaz de hacer que el sentido de la información genética contradiga a lo propuesto por el Dogma.
Otro ejemplo de rebeldía lo encontramos en los priones, unas proteínas que hace veinte años provocaron una de las crisis de salud pública y de alimentación más importantes que se recuerdan en la historia reciente de Europa: la crisis de las vacas locas. Los priones no son seres vivos. No tienen una estructura típica celular. No tienen ni ADN ni ARN. No son más que sencillas proteínas. Pero tienen una cualidad que las diferencian de otras proteínas, y es su carácter infeccioso. Los priones son capaces de alterar la estructura de proteínas sanas presentes en el cerebro, convirtiéndolas en elementos sin ninguna utilidad y que dañan al Sistema Nervioso.
Los priones son los responsables de producir una serie de enfermedades conocidas en su conjunto como encefalopatías espongiformes, y que reciben diferentes nombres según el organismo afectado. En humanos, por ejemplo, se llama enfermedad de Creutzfeldt-Jakob; en ovejas, scrapie; y en las vacas, EEB (encefalopatía espongiforme bovina). En cualquier caso, el resultado es siempre el mismo. Un cerebro con aspecto de esponja agujereada o queso gruyere. Las consecuencias suelen ser fatales. Cuando los priones acceden al Sistema Nervioso, la muerte neuronal es prácticamente inevitable. Recientemente una “nueva” enfermedad ha llamado a las puertas de la actualidad. Se trata del Insomnio Familiar Fatal; también provocada por priones. Un nuevo reto para la ciencia. Un nuevo desafío para la investigación.

REVISTAS CIENTÍFICAS


En investigación científica, lo que no se publica no existe. Y lo que no existe no es. La regla es sencilla, y puede concretarse en una frase habitualmente utilizada que resulta tan perversa como cruel: Publish or perish. Publicar o morir. La carrera de un científico la sujetan sus publicaciones, y el propio avance de la Ciencia es conducido por lo que se publica en ella.
Pero no todo vale. No todo puede –o debe– publicarse, y todo lo que se publica es valorado de un modo distinto dependiendo de cuál sea el medio en el que se hace. Del mismo modo que no es lo mismo jugar en el Real Madrid que en el equipo del barrio, no es lo mismo publicar en una revista o en otra. El problema es que no existe un espacio como la Liga de fútbol, en la que las revistas midan su competitividad. Pero eso no quiere decir que no exista un ranking para las revistas científicas. Existe. Y ese ranking viene establecido por un parámetro llamado Factor de Impacto. Sin profundizar en su cálculo, este parámetro nos da información sobre el número medio de citas que reciben los artículos publicados en un intervalo de tiempo determinado, por una revista concreta. Porque más importante aún que publicar es ser leído. Si un investigador publicara a lo largo de su vida un gran número de artículos científicos, pero no consigue que ninguno de sus colegas lo cite, la relevancia de su trabajo habrá sido nula. Por ese motivo, las grandes revistas siempre persiguen publicar a los autores y los artículos que previsiblemente van a tener un mayor número de citas, mientras que los buenos autores persiguen publicar sus mejores artículos en las revistas con mayor Factor de Impacto.
En la actualidad existen miles de revistas en las que los científicos del mundo publican sus más de dos millones de artículos anuales. Pero si preguntáramos a pie de calle, la práctica totalidad de esas revistas serían completamente desconocidas para la mayoría de nuestros vecinos. Creo que sólo habría dos de ellas mayoritariamente conocidas: Science y Nature. Y es que, no en vano, éstas son dos de las revistas de mayor Factor de Impacto, repercusión social y tradición científica que existen. En estas revistas se han publicado la mayoría de los hallazgos más notables de los últimos ciento cincuenta años. Y hasta los rankings de Universidades utilizan como elementos a valorar los artículos publicados en ellas.
En estos días se ha publicado en Nature un artículo cuyo principal trabajo se ha desarrollado en Almería. Se trata del descubrimiento de un planeta que orbita en torno a una estrella que ocupa el lugar central de un sistema estelar relativamente cercano. Independientemente de la repercusión que esto tenga en nuestro día a día, a nadie se le escapa la gran importancia que la Ciencia le concede al descubrimiento. Y eso es bueno. Porque la Ciencia también crece en este Sur. También hay Ciencia en la Ciudad Celeste.

EL OLVIDADO MENDEL


A la edad de 27 años, el sacerdote Gregorio Mendel intentó acceder al cuerpo de profesores de la Universidad de Viena, pero suspendió el examen que lo habilitaba para ello. En ese momento, pudo haber decidido abandonar el camino de la enseñanza para dedicarse por entero a los menesteres reservados a los frailes agustinos, pero en lugar de eso decidió no arrojar la toalla. En vez de elegir el camino más cómodo, prefirió matricularse en la Universidad Imperial de Viena para estudiar Física, Química, Botánica y Matemáticas. No tardó mucho en destacar, y apenas dos años después era él mismo quien se encontraba dando clases a los demás. Pero no sería este hecho el que le haría pasar a la historia. Lo que inmortalizó al padre agustino Mendel fueron sus ensayos con unos guisantes para elaborar una serie de Leyes Fundamentales sobre la transmisión de la herencia genética.
En realidad, inicialmente Mendel no las llamó así. Él nunca pretendió establecer unas de las reglas más importantes en la historia de la Ciencia. Es más, Mendel llegó a morir sin ser verdaderamente consciente de la importancia de sus descubrimientos. Él lo único que pretendió fue llevar a cabo un pequeño estudio sobre la hibridación de plantas. De hecho, fue así como presentó sus resultados en una reunión que tuvo lugar a principios del año 1865 en la Sociedad de Historia Natural de Brno, y en los que la repercusión de estos experimentos no fue excesivamente notoria.
Tuvieron que pasar más de tres décadas, con Mendel ya fallecido, hasta que otros científicos volvieran a sus ensayos para universalizar sus resultados. Hoy en día sí que somos conscientes de la importancia capital que tienen las tres Leyes de Mendel, y reconocemos a este científico como uno de los más importantes de nuestra historia. Porque la sencillez de sus resultados alumbraron al mundo el nacimiento de una nueva ciencia que estaba gestándose: la Genética. Y es que, en efecto, como otras muchas grandes Leyes de la Ciencia, las de Mendel son sencillas en esencia. Lo que vienen a decir, básicamente, es que, por un lado, la herencia es transmitida desde una generación a la siguiente por elementos discretos, que son los genes; y, por otro lado, que las reglas matemáticas que rige esta herencia son muy claras y simples.
Mendel no fue capaz de predecir el impacto de sus hallazgos. Por suerte, la Ciencia casi siempre acaba otorgando a cada uno el lugar que le corresponde, aunque sea a destiempo.

miércoles, 2 de marzo de 2016

ESCUCHANDO AL UNIVERSO


Desde que el hombre comenzó a tener conciencia del día y la noche, y entendió que ambos fenómenos estaban estrechamente relacionados con el movimiento de dos cuerpos que estaban fuera de la tierra, el Sol y la Luna, su interés por el Universo –las leyes que lo rigen, los elementos que lo forman, cómo se estructura, sus límites o su origen– no ha hecho sino crecer. En cierto modo, podemos afirmar que esta inquietud supone el nacimiento de una ciencia primitiva, estrechamente ligada a la filosofía. De hecho, fueron Platón, un discípulo suyo (Eudoxio de Chidos) y Aristóteles los primeros que establecieron, hace unos 2400 años, un modelo que intentaba explicar el orden que seguían los distintos cuerpos celestes que alcanzaban a ver. Por entonces sólo sabían de la existencia de Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno, además del Sol y la Luna, y una bóveda inmutable de estrellas.

Aquellos primeros modelos eran muy sencillos y siempre colocaban a nuestro planeta en el centro de su limitado universo, pero sirvieron para plantar la semilla que terminaría por convertirse en una de las disciplinas científicas que a más investigadores ha ocupado y que más teorías ha elaborado: la astronomía. Tuvieron que pasar casi 2000 años desde aquellos primeros modelos hasta que un monje polaco llamado Nicolás Copérnico estableciera un sistema cosmológico con el Sol ocupando la posición central. Esta teoría, aunque más acorde con la realidad que la anterior, propuesta por el modelo geocéntrico, tardó un tiempo en establecerse debido al revuelo que produjo y la enérgica respuesta en contra que obtuvo de las autoridades religiosas y civiles de la época. Y tanto fue así que algunos de sus defensores, como Galileo, fueron encarcelados y obligados a negarla, y otros, como Giordano Bruno, fueron quemados en la hoguera por herejes.
 
 

Pero la mecha ya estaba encendida y fue sólo cuestión de tiempo hasta que Kepler mejorara aquella primera teoría de Copérnico y estableciera una serie de leyes que tienen vigencia incluso hoy. El modelo terminó por asentarse y la siguiente cuestión era definir el motivo por el que los astros se movían tal y como lo hacían. Es decir, había que determinar qué fuerza era la que motivaba la trayectoria de los cuerpos celestes. Y fue Newton quien, a finales del Siglo XVII, presentó la Ley de Gravitación Universal, que venía a decir que dos cuerpos con masa determinada se veían atraídos el uno por el otro y que esa atracción era mayor cuanto más cerca estuvieran dichos cuerpos.

Isaac Newton es considerado uno de los científicos más sobresalientes en la historia del hombre. Estableció leyes matemáticas, propuso modelos físicos acertados con validez actual, descubrió el espectro de la luz visible, fue un pionero en el estudio de fluidos, construyó uno de los primeros telescopios y formuló las leyes de la dinámica que llevan su nombre. Un hombre genial que dio respuesta a cuantos problemas de índole físico y matemático fue capaz de observar. Sin embargo, hay sistemas en los que las leyes propuestas por el científico inglés dejan de tener validez. Esto es así, por ejemplo, en partículas tan pequeñas que ni siquiera pueden observarse con un microscopio convencional, en cuerpos de masa enorme o en aquellos que viajan a velocidades cercanas a las de la luz. Para salvar la primera de estas excepciones nació la física cuántica, mientras que para sortear las otras dos fue formulada la Teoría de la Relatividad General, hace ahora cien años, por otro genio como fue Albert Einstein.

Uno de los conceptos más novedosos que introduce esta nueva teoría es el conocido como curvatura del espacio-tiempo. Para entender a qué se refiere esta nueva idea, podemos pensar que para las teorías de Newton el espacio podía representarse como un trozo de tela extendido tensamente y sujetado por sus equinas por dos personas. Si sobre ese trozo de tela dispusiéramos varios granos de sal repartidos a lo largo de toda su superficie, la tensión de la tela no se vería alterada, pero si de repente soltáramos sobre ella una bola de hierro de un par de kilos de peso, la tela se hundiría, se produciría una curvatura de la misma en los puntos próximos a donde la hemos dejado caer y los granos de sal más próximos se verían “atraídos” hacia ese punto. Para la Teoría de la Relatividad, esa atracción habría sido producida por el campo gravitatorio del elemento más pesado y la entidad física responsable de que este campo gravitatorio se transmita son las ondas gravitacionales.

El problema es que estas ondas gravitacionales son extremadamente débiles y por ese motivo, aunque Einstein había previsto su existencia, no habían sido detectadas hasta ahora. Pero hace unos años un grupo de científicos pensó que con la tecnología que contaban era posible que estuvieran preparados para llevar a cabo la “caza” de las ondas gravitacionales. Y fue así como nació un consorcio internacional llamado LIGO –formado por unos mil científicos de quince países del mundo– que ha desarrollado a lo largo de los últimos veinte años una estructura tecnológica llamada interferómetro, responsable de la famosa detección que se ha hecho pública recientemente.

En palabras de Alicia Sintes –la investigadora que dirige el grupo español perteneciente a LIGO–, “empieza una nueva era en la astronomía”. Podríamos decir que hasta el momento sólo éramos capaces de recibir información del universo por lo que veíamos de él, y que ahora, gracias a las ondas gravitacionales, hemos descubierto un nuevo sentido que nos va a permitir conocerlo mucho mejor.

 

martes, 3 de junio de 2014

AL LLEGAR ABRIL


La primavera es una estación apacible en Washington D. C. El crudo invierno, con sus tardes breves y oscuras, su gélido amanecer y la amenaza constante de la nieve, apenas se queda en un recuerdo al llegar abril. Eso fue lo que pensé al abrir los ojos y comprobar que los primeros rayos de sol se colaban tímidamente entre los huecos de la persiana inundando la habitación de una luz discontinua. Apenas había conseguido pegar ojo. Aquél iba a ser el día más importante de mi existencia y la emoción me desvelaba desde hacía una semana. Pero aun así, me levanté radiante y lleno de vida. Sentía que cada paso dado, cada peldaño escalado, me conducía irremediablemente a ese día.

Yo había llegado a la ciudad, con el bagaje de una carrera científica consolidada bajo el brazo, hacía casi dos años. Después de hacer la tesis en el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa, sendas estancias postdoctorales en Nueva York y Berlín, y doce años como profesor titular en la Universidad Autónoma de Madrid, sentía que el destino me conducía a donde ahora me hallaba. Y sobre todo lo pensaba en un día como aquél. Mientras caminaba en dirección al laboratorio quise acordarme de los que, de una u otra forma, me habían acompañado en el viaje. De todos aquellos que van dejando cicatrices en la memoria con el peso de su amistad o la sombra de su presencia viva, pero sobre todo me acordaba de él. No podía dejar de pensar en el día en el que entró de manera casi furtiva en el laboratorio, con su aspecto de anciano decrépito, bigote infinito y ridículo, maneras de actor de serie b y acento rancio con el que alargaba las consonantes.

            –Estoy buscando a Don Severo –dijo tan lacónico como estridente, haciendo énfasis en la ese del nombre y abriendo exageradamente los ojos.

Yo no podía creerme que lo tuviera delante de mí y no fui capaz de decir absolutamente nada. Enmudecí. Casi podría decir que me transformé en materia inanimada. Y debió de ser tan evidente que aquel hombre me concedió todo el tiempo que necesité.

            –¿Es usted Dalí? –acerté a decir al cabo de un tiempo.

            –En efecto, jovencito –replicó mientras daba un leve golpecito en el suelo con la goma del bastón que sujetaba en su mano arrugada y cubierta de venas muy azules. –¿Sería usted capaz de decirme dónde está el bueno de Don Severo? –continuó, después.

Yo le indiqué el camino y lo observé mientras recorría con un caminar pausado y torpe el pasillo que separaba el laboratorio de Biología Molecular del despacho del director. Apenas quedaba nadie en el edificio. Quizá yo tampoco hubiera estado allí si no fuera porque tenía que terminar una electroforesis de ARN. Pero sabía que Severo Ochoa se encontraba en su despacho. A pesar de su avanzada edad –ya había cumplido los setenta y cinco años–, seguía siendo el primero en llegar y el último en irse, y pude comprobar que la luz del despacho asomaba con modestia por debajo del hueco de la puerta.

Durante la media hora siguiente fui consciente de su conversación desenfadada que me llegaba como el rumor en la noche del mar ligeramente rizado. No era capaz de entender de qué hablaban, pero su tono era cordial. Imaginé que la charla animada entre aquellos dos septuagenarios se fraguaba en una amistad de años, confidencias, secretos y reproches inocuos.

Salvador Dalí y Severo Ochoa se conocieron en la Residencia de Estudiantes de Madrid, un lugar que se iba a convertir en la institución cultural más importante de la España republicana y en la que compartieron espacio con personajes de la talla intelectual de Federico García Lorca o Luís Buñuel. Desde el principio Dalí se había acercado al estudiante de medicina, y futuro Premio Nobel, al que abordaba con cuestiones en las que mezclaba ciencia y religión, siempre dispuesto a encender la mecha de una discusión que el bueno de Severo Ochoa rechazaba por norma. Su relación fue cordial y a veces animada. Pero nunca se encontró a uno entre los grandes amigos del otro. A pesar de eso, desde que el científico había decidido compaginar sus estancias en Madrid para seguir de cerca el desarrollo del centro de biología molecular que llevaba su nombre con su vida en Nueva York, todo el mundo decía que la relación entre ellos había ganado vigor.

En un momento dado noté que la puerta del despacho se abría y que el doctor Ochoa cedía el paso a su amigo, que se incorporaba al pasillo. Al llegar a donde yo me encontraba, ambos se detuvieron.

            –Javier, te quiero presentar a alguien –me dijo con su tono rotundo y calmado–. Dice que quizá ha sido un poco descortés contigo al llegar.

            –Qué va… –le excusé yo–. Si acaso, he sido yo el que no he sabido comportarme. Pero es que no me esperaba…

Dalí observaba la escena en un segundo plano, como si no fuera con él la conversación.

            –No te preocupes –me interrumpió Severo Ochoa–. Te puedo asegurar que es algo que le pasa a menudo.

Su voz y su gesto me resultaron informales, pero su amigo no debió de entenderlo igual y seguía ajeno al diálogo entre nosotros. Su porte resultaba elegante del mismo modo que lo resulta el de un animal salvaje. La forma de su mentón era angulosa a pesar de la edad, y su frente era ancha y cosida de surcos. Tenía las cejas pobladas y mal arregladas, y su mirada llegaba a intimidar. Era más delgado de lo que hubiera imaginado, olía a perfume caro y denso, y su ropa, si bien no parecía bien coordinada, sí que daba la impresión de ser cara.

            –Dalí es un apasionado de la ciencia –dijo después el profesor.

El otro, al fin, decidió intervenir:

            –Sólo de la ciencia bien hecha… Y de la que tiene que ver con la física cuántica, la fisión y la fusión nuclear y el ADN.

Severo Ochoa decidió no añadir ni un solo gesto a la frase de su amigo.

            –Cuando Watson y Crick descubriendo la estructura en forma de doble hélice de la molécula de la vida –continuó–, entendí que todo tenía sentido.

            –No empieces… –le replicó después.

Tuve la impresión, por el tono en el que habló, de que aquél era el episodio enésimo de una conversación infinita.

            ­–Salvador cree que la forma del ADN explica por sí sola la existencia de Dios.

            –Si me permite que le contradiga… –medié yo.

            –Por supuesto que no se lo permito –dijo él con tono grandilocuente sin dejarme terminar la frase.

            –No te esfuerces, Javier –terció el profesor–; ya le he dicho mil veces que si el ADN tratara de explicar algo, lo haría para precisar lo contrario. Ya no es necesaria la presencia de ningún Dios que explique el origen de la vida.

            –¡Tonterías! –exclamó Dalí, alzando un poco el tono de su voz y volviendo a exagerar el gesto abriendo mucho los ojos y echando la cabeza levemente hacia atrás.

El pintor mostraba siempre que tenía ocasión la pasión que sentía por la ciencia. Y esta pasión llegó incluso a plasmarla en varias de sus creaciones. Así, cuadros como el Paisaje de mariposas, Galacidalacidesoxyribonucleicacid o Árabes acidodesoxirribonucleicos lo ponen de manifiesto, al igual que sus dibujos en homenaje a Watson y Crick o al 70 cumpleaños de su amigo, y en ese momento mi jefe, Severo Ochoa.

Luego, justo antes de irse, Dalí me dijo algo que siempre he tenido presente y que se repetía en mi cabeza aquella mañana en Whashington, de camino al laboratorio:

            –Algún día los científicos seréis capaces de leer y de interpretar todas las letras contenidas en nuestro ADN, y entonces nos encontraremos mucho más cerca de entender el mensaje de Dios.

Nunca consideré las connotaciones teológicas de aquella frase, pero la posibilidad de leer e interpretar el material genético, es decir, de secuenciar y dar luz a la estructura primaria de nuestro ADN, se convirtió en un objetivo prioritario para mí. Por eso seguí el proyecto Genoma Humano desde sus inicios, en el año 1990, y por eso en cuanto tuve la oportunidad de unirme al grupo de Francis Collins en el instituto nacional de investigación genómica humana (NHGRI, de sus siglas en inglés) no lo dudé y pedí una excedencia en la universidad.

Y por fin había llegado el día para el que me había estado preparando. Habían pasado cincuenta años desde que Watson y Crick publicaran la primera estructura del ADN, y a nadie se le escapaba que lo redondo del aniversario no podía ser una coincidencia. Estaba previsto que el proyecto Genoma Humano arrojara los primeros datos definitivos varios años más tarde, pero aquella mañana de abril, el director del grupo en el que entonces trabajaba, Francis Collins, anunciaba que teníamos “la primera edición del libro de la vida”. Dos años después de que el primer borrador oficial del genoma humano fuera presentado por Collins –acompañado aquella vez del presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, el primer ministro británico, Tony Blair, y de Craig Venter, el responsable de la empresa privada Celera–, éste se había dilucidado por completo.

Fue durante la primera mitad del siglo XX cuando se estableció que el ADN constituía el material genético donde se encuentra la información necesaria para generar todas las estructuras que dan lugar a cada organismo y que, además, tenía carácter hereditario. Este ADN sabemos que está formado por la sucesión de cuatro unidades estructurales llamadas nucleótidos, que son moléculas orgánicas constituidas por la unión de un monosacárido llamado desoxirribosa, una base nitrogenada –adenina, guanina, timina o citosina- y un grupo fosfato. En el interior de la célula humana –así como de cualquier organismo eucariota–, el ADN se halla altamente compactado, en un subespacio llamado núcleo, dando lugar a los cromosomas, de los cuales tenemos 23 parejas. En los seres humanos, como en la totalidad de los seres vivos, el ADN no existe como una molécula individual, sino que se organiza como una doble hebra –en la que los nucleótidos de una cadena se aparean con los nucleótidos de la otra de modo que cada adenina siempre va a ir unida a una timina y cada citosina a una guanina– que se enrosca sobre sí misma formando una especie de escalera de caracol. Ahora, en pleno siglo XXI, desde la publicación del primer borrador, se sabe también que el genoma humano está formado por un total de unos 3200 millones de pares de nucleótidos.
Una vez conocida la secuencia completa de nuestro ADN, el paso siguiente era identificar, de entre toda esa sucesión de nucleótidos, qué fragmentos daban lugar a los genes. La importancia de esta identificación radica en que el gen contiene la información necesaria para la síntesis de determinadas macromoléculas con función celular específica (proteínas, ARN mensajero, etc.). Las primeras investigaciones apuntaban a un número aproximado de 90000 genes para la especie humana, pero en la actualidad, esa cifra inicial se ha visto radicalmente reducida hasta un número mucho más próximo a la realidad y que lo sitúa en unos 20500.
Otro hecho que sorprendió en cierta medida a la comunidad científica fue la gran cantidad de ADN intergénico que tradicionalmente había sido llamado ADN basura por no conocerse de forma precisa su función. Aún hoy esta función no está aclarada del todo, pero lo que sí es cierto es que el término “basura” no es el más indicado para este ADN, que supone hasta el 90% del genoma y que parece jugar un papel determinante en la regulación de la expresión de los genes.
 
Desde aquel encuentro con Salvador Dalí en el CBM no he dejado de darles vueltas a su predicción en cuanto a la capacidad de la ciencia de leer e interpretar el ADN. Hoy en día, con las técnicas modernas de secuenciación masiva, la cantidad de datos genéticos que se puede obtener en un laboratorio es tan alto que desborda a nuestra capacidad de análisis. Nuestro conocimiento sobre el ADN ha crecido de manera exponencial a la luz de los múltiples proyectos internacionales abiertos en esta línea. Pero la posibilidad de que este conocimiento dé respuesta a todo lo humano y lo divino, como auguraba el genial pintor, cada vez se ve más lejos. Como en el diálogo socrático con la pitonisa del oráculo de Delfos, la absoluta certeza no hace sino alejarse. Las aplicaciones de todo el saber devenido del estudio del ADN no han sido tan inmediatas como pudieran pensarse hace una década. Pero las posibilidades y las perspectivas que se suceden ante nuestra mirada hacen creer en un mundo mejor.
La primavera es una estación apacible en Washington D. C. Pensaba en ello de camino al laboratorio y quise acordarme de los que me habían acompañado en el viaje.

lunes, 19 de septiembre de 2011

BAJO LOS ADOQUINES, LA CIENCIA


“Bajo los adoquines, la ciencia” juega con una idea de libertad. Ahora que las reivindicaciones sociales se muestran tan presentes como necesarias y pendientes del camino que toma la “primavera árabe”, este título (prestado del mayo del 68) me parece más adecuado que cuando surgió, hace casi dos años. En aquel momento trataba de presentar a la ciencia como el adalid que exige una transformación social. Y la idea no ha cambiado; si acaso, ha ganado fuerza.

En el libro, como fragmentos de vida, se suceden algunas de las anécdotas de los personajes que han construido nuestro presente. Sus historias, salpicadas con el pincel de la ciencia, nos enseñan a situarnos en el terreno de juego que es el mundo actual. Conocer y comprender ese presente bajo la perspectiva de cada uno pasa por entender lo que estamos viviendo. Y ahí juega un papel determinante nuestro saber científico.

Después de haberle arrancado una década al siglo XXI, términos como células madre, cromosomas o ADN están perfectamente instalados en el subconsciente colectivo de la sociedad. Pero a veces su significado se enmaraña y se pierde por culpa de la superstición, la vagancia intelectual o la inmensa osadía de la ignorancia.

Así pues, en esta recopilación de artículos perfectamente ilustrados por el dibujante Juan Manuel Beltrán y prologados por el genial profesor el Doctor Juan Ramón Lacadena, el que escribe intenta –desde su modesta posición- dar luz a algunas de las dudas que la ciencia genera. Dentro de muy pocos días estará en la calle. Espero, lector, que hincarle el diente sea sólo la forma reivindicativa que tienes de enfrentarte al futuro de una forma crítica y decidida. Porque sólo el conocimiento nos hace plenamente libres.

viernes, 29 de abril de 2011

DESCANSE EN PAZ

Ya hace tres semanas que se falló el I Certamen de Novela Corta "Ciudad de Algeciras". En este, mi novela Descanse en paz se alzó como ganadora. El viernes que viene será la presentación oficial, pero por ahora ya tenemos portada del libro, de cuya edición se va a encargar la Editorial Atrapasueños, de Sevilla. El diseño de la portada corresponde a Inma Infante, y el resultado, a mi parecer, es más que satisfactorio.



Espero que a ti, lector, también te guste. Ya me contarás. También espero que su interior no te defraude. Confío en que pronto esté en la calle y que puedas leerlo.

miércoles, 10 de marzo de 2010

LOS TERREMOTOS Y EL COLOSO DE RODAS

La situación de la isla de Rodas en la antigüedad suponía un enclave privilegiado en el mar Egeo. Desde allí, el comercio con Grecia, Asia Menor y Egipto, además del control estratégico de la zona, era mucho más sencillo que desde cualquier otro lugar del Mediterráneo. Por eso, diferentes pueblos, como el macedonio, trataron de hacerse con el control de la isla. Pero ésta fue capaz de repeler los ataques extranjeros y en honor a ello se decidió erigir una gigantesca estatua a Helios, el dios protector del lugar. El encargado de la construcción fue Cares de Lindos y en ella utilizó hierro para construir el armazón y un gran número de placas de bronce para dar lugar a una gran estatua que medía 32 metros de altura.
La fama de la escultura, que pasaría a la historia como El Coloso de Rodas, crecía día a día y viajeros de toda la tierra conocida se desplazaban hasta la isla para contemplarla. Pero la fatalidad quiso que sólo 56 años después de ser puesta en pie un gran terremoto la derribara. Después de aquello, el gobernador de Egipto Ptolomeo III se ofreció a pagar la reconstrucción de la estructura, pero los responsables de la isla rechazaron el ofrecimiento por entender que el terremoto había sido un castigo de los dioses por ofender al dios Helios.
Y es que durante buena parte de la historia, los terremotos, como todos los fenómenos que las distintas civilizaciones han conocido pero que no han llegado a entender, han sido considerados castigos divinos hacia la humanidad. Desde aquél, en el siglo III a.C. hasta nuestros días, los terremotos se han sucedido de manera continua dejando a su paso un balance de víctimas mortales y daños materiales enorme. El de mayores consecuencias humanas del que se tiene noticia fue el gran terremoto de Oriente Medio, que asoló el norte de Egipto en 1.201 cobrándose más de un millón de vidas. Hoy en día, el conocimiento que se tiene acerca de los terremotos nos permite acercarnos a ellos de una forma mucho más terrenal, aunque todavía parece lejano el día en que seamos capaces de predecirlos con tiempo suficiente.
Para explicar cómo y por qué se producen los terremotos habría que empezar hablando de una capa superficial de la tierra llamada litosfera. Ésta es una estructura sólida que flota sobre otra, de características fluidas, denominada astenosfera. La litosfera se encuentra dividida en 14 fragmentos denominados cada uno de ellos placas tectónicas. Estas placas, debido a que se encuentran sobre materia no sólida, se desplazan lentamente generando una serie de procesos como es el vulcanismo, la formación de las montañas y los fenómenos sísmicos.
El desplazamiento de las placas tectónicas se da a una velocidad que es imperceptible en nuestro día a día –dos o tres centímetros al año-, pero suficiente como para ir generando una energía por fricción que va acumulándose hasta que acaba por liberarse dando lugar a los tan temidos terremotos. A la zona donde propiamente se produce el terremoto, es decir, al sitio que libera la gran energía acumulada tras un largo período de fricción entre dos placas tectónicas se le denomina hipocentro, mientras que a ese mismo lugar, pero en la superficie terrestre se le llama epicentro, y es aquí donde las ondas sísmicas se hacen sentir con mayor intensidad.
Siempre que se genera un terremoto aparecen varios tipos de ondas elásticas que son las que propagan el seísmo. Estas ondas pueden ser de tres tipos: ondas primarias o P, que se propagan en la misma dirección que la vibración; secundarias o S, que se propagan en perpendicular a la vibración; y ondas superficiales, que son las últimas en aparecer y que lo hacen como consecuencia de la interacción entre las ondas P y S en la superficie terrestre. Estas últimas son las que producen más daño a nivel estructural. Aunque también es cierto que en la aparición de los daños intervienen diferentes factores como la profundidad a la que se encuentre el hipocentro y lo preparada que esté una determinada población para afrontar la presencia del fenómeno sísmico.
No obstante, existe una escala objetiva, que es la más utilizada para cuantificar el efecto de un terremoto, llamada Escala de Richter. Ésta determina la magnitud de un terremoto de forma logarítmica. Es decir, el aumento de una unidad en la escala de Ritcher –por ejemplo, pasar de 7 a 8 grados- quiere decir que la fuerza del terremoto se ha multiplicado por diez.
A día de hoy, existe un proyecto para volver a levantar una estatua en Rodas similar a la que existió entonces. Mientras, el temor a que la tierra tiemble sigue presente en nuestras vidas, aunque, como siempre, la desgracia suele cebarse con los que menos tienen.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Cristina Garmendia: mentiras, malditas mentiras y estadísticas.

Pego abajo el comunicado de prensa que la Federación de Jóvenes Investigadores (FJI/Precarios) está haciendo llegar a lo largo del día de hoy a todos los medios de comunicación.


Las últimas declaraciones ministeriales sobre el supuesto aumento de la inversión en I+D+i para el año 2010 son un insulto a todos los investigadores. FJI/Precarios exige al Gobierno el fin del doble discurso, es imprescindible un compromiso serio y decidido con la investigación en España.

La Ministra de Ciencia e Innovación, Dra. Cristina Garmendia, declaró en el Pleno del Congreso del miércoles 18 de noviembre que las estadísticas del INE demostraban que el PSOE había dedicado más dinero a la I+D+i en 4 años que el PP en 8. La ministra Garmendia ha debido olvidar la cita del primer ministro del Reino Unido, Benjamín Disraelí, que decia "Hay tres tipos de mentiras: mentiras, grandes mentiras y estadísticas". Es necesario recordar que no hay nada más perverso que falsear la realidad para engañar a los ciudadanos. La realidad es que el incremento del PIB en I+D+i durante el periodo 2004-2008 ha sido del 64%, menos de la mitad del que se realizó en el período 1996-2004, que fue del 132%. Tras más de 5 años de Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, es hora de que empiecen a argumentar con méritos propios y no con deméritos ajenos. Es insultante que la ministra Garmendia quiera olvidar que esas mismas cifras demuestran que la inversión española en I+D+i está en el 1’35% del PIB, muy lejos del 2% que el programa electoral del PSOE del 2004 marcaba como objetivo para el año 2010 y a la altura de grandes potencias europeas como Estonia.

Los anunciados recortes presupuestarios en Ciencia (inicialmente, un 37%) consiguieron unánimes protestas de la comunidad científica y la sociedad en general. La reacción del Gobierno a este tijeretazo, criticado incluso por el propio ministro de Educación, ha sido la de maquillar las cifras, manteniendo contra viento y marea que existe una subida minúscula, del 0’29%, cuando la realidad es que el Presupuesto correspondiente a Operaciones no Financieras (capítulos I a VII) disminuye un 14,6%. El análisis de las partidas presupuestarias de I+D+i revela una gran subida en partidas financieras para créditos y préstamos (62%), pero una bajada espectacular en los gastos corrientes o servicios (-61’8%) o en el cap. VI (-25%), de donde beben, entre otros, muchos programas de recursos humanos. A este respecto, cabe señalar que ya este año ha habido un brutal recorte en la oferta de empleo público en investigación y que, tanto el 2008 como el 2009, el Ministerio ha ofertado sólo la mitad de las ayudas postdoctorales de otros años.

Por ningún lado, además, se observan propuestas para optimizar el gasto público en I+D+i, mejorar la ejecución presupuestaria de las partidas, limitar la estúpida burocracia que impide que los grupos aprovechen plenamente los recursos obtenidos, programar las convocatorias y agilizar su resolución, para que los investigadores puedan rendir al máximo, etc. Por fin, la última medida del Gobierno, el Plan Innpulso, no es sino una Opera Buffa que incluye como ayudas a la investigación la construcción de carriles-bici o la ampliación de vertederos (¿será para ubicar a los investigadores Ramón y Cajal que acaban su contrato y se van a la calle?)

Es imprescindible que el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero se deje de fuegos artificiales. Es constatable que las economías que han invertido en I+D+i son las que han obtenido un crecimiento más sólido y sostenido y son las mejor preparadas para afrontar la famosa crisis. El Gobierno lo reconoce, finge que se interesa, pero realmente no hace nada al respecto. FJI/PRECARIOS exige que el Sr. Zapatero decida si le interesa el Ministerio de Ciencia e Innovación más que como un jarrón con flores marchitas y la Dra. Garmendia si quiere ejercer de florero al que han amputado toda la parte de Universidades, segmentado la gestión global de la Carrera Investigadora, apartado de la negociación de asuntos importantes y con su tema estrella, la Ley de la Ciencia, paralizado desde hace meses. NO ES POSIBLE UNA ECONOMÍA SOSTENIBLE SIN INVERTIR EN CIENCIA

viernes, 13 de noviembre de 2009

CLEOPATRA Y LA HIGIENE

La historia ha tratado muy bien los encantos de Cleopatra. Se suele decir de ella que fue una de las mujeres más hermosas del antiguo Egipto y no en vano, Elisabeth Taylor puso a la disposición del personaje uno de los rostros más agradables del séptimo arte. Pero hoy, gracias a algunos grabados encontrados y a ciertos dibujos de la época, sabemos que su poder de seducción debía radicar más en su fuerte personalidad que en su aspecto físico.
En cualquier caso, independientemente de dónde residiera su sex-appeal, lo que es un hecho es que fue capaz de seducir a dos de los hombres más poderosos del imperio romano: Julio César y Marco Antonio. Los romances con ambos fueron trágicos hasta el punto de que el segundo de ellos se suicidó tras recibir un informe falso sobre la muerte de Cleopatra. Pocos días después, ella haría lo mismo para evitar caer en las manos de Octavio, el enemigo político de su marido.
La que fuera última reina del Antiguo Egipto profesaba con devoción el culto al cuerpo y lo hacía con tal rigor que se dice que pudo llegar a escribir un tratado de higiene y belleza, que no ha llegado a nuestros días. De ella sabemos que se bañaba en leche de burra aderezada con miel, que usaba carmín para sus labios y pinturas de color verde para sus párpados, que usaba pestañas postizas, que trataba el contorno de sus ojos con crema de albaricoque para disimular sus arrugas y que utilizaba el jabón como elemento básico de higiene.
Y es precisamente en Roma, esa ciudad que amó y odió a partes iguales a la reina egipcia, donde la leyenda cuenta que nació el jabón. Según ésta, en el monte Sapo se realizaban de manera habitual sacrificios de animales para honrar a los dioses. Los restos de estos sacrificios eran arrastrados por la lluvia de manera que iban a parar al río Tíber, a cuyas orillas las esclavas de la ciudad de Roma lavaban la ropa. Estas mujeres observaron que la mezcla de las grasas animales con las cenizas de la madera quemada en el sacrificio daba lugar a una sustancia que, en forma de espuma, flotaba en el río y que, además, hacía que el lavado fuera más efectivo.
El imperio romano fue creciendo y con él el interés por la higiene, perfeccionándose, a medida que transcurría el tiempo, la elaboración del jabón. No obstante, tras la caída del imperio romano, en el Siglo V, la primitiva industria del jabón se estancó, de manera que hubo que esperar a que llegara el siglo XVII para que, junto con el barroco, volviera el gusto por la higiene. No obstante, no fue hasta finales del siglo XVIII cuando se produjo un cambio realmente importante que haría que la industria del jabón ocupara un lugar que ya nunca dejaría. Y es que en 1791 un químico francés llamado Nicolás Leblanc desarrolló un método de preparación de carbonato de sodio, la sustancia presente en las cenizas y que se combina con la grasa para dar lugar al jabón, a partir de cloruro de sodio o sal común.
En la actualidad, para la fabricación de jabón no se utiliza carbonato de sodio sino que se utilizan otros álcalis, que son sustancias con un pH muy elevado –por encima de diez- como el hidróxido de sodio, o sosa cáustica, o el hidróxido de potasio. Lo que se hace es desarrollar una reacción química denominada saponificación entre estos álcalis y un ácido graso. En estas reacciones de saponificación, al hervir la grasa y añadir el álcali correspondiente se obtiene el jabón más una sustancia química llamada glicerina.
Pero, ¿por qué el jabón limpia la ropa? Para responder a esta pregunta hay que fijarse en la estructura de cualquier jabón, que tiene una parte hidrofóbica –que no se disuelve en agua- y una parte hidrofílica –que sí que se disuelve en agua-. Lo que va a pasar es que cuando el jabón se encuentre con una mancha, que normalmente tiene carácter orgánico y que por lo tanto no se disuelve en agua, tenderá a rodearla de manera que su parte hidrofóbica entre en contacto con la mancha y su parte hidrofílica se quede expuesta al agua, formando unas pequeñísimas gotas denominadas micelas que van a estar cargadas eléctricamente y que van a formar emulsiones que se podrán separar del resto de la disolución acuosa, eliminando así la suciedad.
Hoy en día no existe marca de cosmética y perfumería que no fabrique su propio jabón, de manera que existen jabones de todos los gustos y de todas las calidades. La industria del jabón mueve miles de millones de euros al año en todo el mundo y la higiene básica se ha convertido en una cuestión de primera necesidad.

jueves, 8 de octubre de 2009

EL REBELDE DESCONOCIDO Y LA DEFENSA DE LOS SÍMBOLOS

En 1.998 la revista Time elaboró una lista con los cien personajes más influyentes del siglo XX. Entre ellos había gente tan dispar como Albert Einstein, Marilyn Monroe, Juan Pablo II, Hitler o el Che Guevara. Pero si hay algo que sorprende al examinar el curioso inventario es la presencia de un personaje que carece de nombre y apellidos. Se trata de “El Rebelde Desconocido”. De él poco se sabe. No se tienen declaraciones suyas y ni siquiera una imagen nítida de su rostro. El rebelde desconocido es el apodo que se le dio a un hombre anónimo que el cinco de junio de 1.989 se opuso, con su simple presencia, al avance de una columna de tanques en el transcurso de las revueltas de la Plaza de Tiananmen, en China.
Las revueltas habían comenzado casi dos meses antes y en ellas intelectuales, trabajadores y grupos estudiantiles protestaban por la opresión del gobierno comunista, la alta inflación o el fracaso de la reforma económica. Finalmente estas manifestaciones de malestar acabaron por la fuerza y se estima que unos 2.000 civiles murieron en el intento del gobierno por calmar la situación. Todavía hoy, éste es un tema tabú en China. Lo que el ejecutivo denominó como una actuación para normalizar la situación del país, los más reaccionarios entienden que fue una práctica totalmente desmesurada, y es que sacar el ejército a la calle, blindados incluidos, para tratar de acallar los ánimos de un grupo perfectamente controlable que simplemente manifestaba su malestar por la situación social y económica del gran gigante asiático sí que parece ir en contra del principio de proporcionalidad.
Pero aquel cinco de junio, la imagen del rebelde desconocido plantado en mitad de la calle se iba a convertir en un icono por la libertad. Cuando la columna de tanques avanzaba en dirección al ciudadano anónimo, todo el que contemplaba la imagen esperaba el fatal desenlace. La lógica dictaba que aquel hombre moriría bajo las cadenas de los carros de combate si no se movía de allí. Pero entonces, el primero de los tanques se detuvo y tras él los demás. Un solo hombre, desarmado y sin ninguna intención belicista, había conseguido frenar el avance de un ejército que días antes se había mostrado despiadado.
El rebelde desconocido se comportó como la piel de nuestro organismo, repeliendo el ataque del agente patógeno que en este caso eran los tanques. Se puede decir, estableciendo un paralelismo, que aquel hombre ejerció como el primer nivel de defensa de un supuesto sistema inmunitario. Y es que éste, el sistema inmunitario, se puede dividir en tres niveles.
El primer nivel de defensa lo forman las barreras superficiales. La primera y más evidente dentro de éstas es la piel, que actúa como barrera mecánica y que forma la primera línea de defensa contra infecciones. Otros ejemplos de barreras mecánicas son la orina y las lágrimas por la acción que ejercen de arrastre de patógenos. Dentro de este primer nivel de defensa también están las barreras químicas, como las proteínas antimicrobianas de la saliva o la leche materna, y las barreras biológicas, como la flora intestinal o genital.
No obstante, este tipo de barreras no es capaz de frenar el cien por cien de los patógenos, y cuando uno escapa a este nivel de defensa es el turno del sistema inmunitario innato, que presenta una respuesta inespecífica inmediata. Dentro de este tipo de inmunidad se encuentran los procesos de inflamación –mediados por unas moléculas llamadas eicosanoides y citocinas-, la línea de las células blancas o leucocitos –macrófagos, neutrófilos, etc.- y un sistema denominado “del complemento” que se presenta como una cascada de reacciones que terminan por afectar a las células extrañas.
Por último, el nivel más específico de defensa que posee nuestro sistema inmunitario es el sistema adaptativo. Éste presenta como principal característica la memoria inmunológica, que le permite reconocer agentes patógenos particulares a lo largo del tiempo, y está mediado por unas células denominadas linfocitos. Las clases principales de éstos son los de la serie B, que producen los anticuerpos, y los de la serie T, que coordinan la respuesta inmune secretando unas proteínas específicas al medio.
Ninguno de estos niveles de defensa tiene sentido en ausencia de los demás y sólo se entienden en el global del sistema inmunitario. La acción del rebelde desconocido, por muy loable que nos parezca, careció de sentido en términos de defensa. Hay quien piensa que aquel hombre fue ejecutado días después y quien dice que se encuentra escondido en el interior rural de China. Su acción, como estrategia militar, fue un auténtico desastre, pero fue un símbolo y también de símbolos se construye la historia.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

VINO Y VINAGRE. UNA CUESTIÓN DE pH

(Podrás encontrar explicaciones a ésta y otras cuestiones en mi canal de youtube Un paseo con Darwin)

Las historias del vinagre y del vino comparten ramajes. Aunque durante mucho tiempo uno ha sido considerado el producto de oxidación indeseado del otro –esto se puede comprobar incluso gramáticamente; la palabra vinagre proviene del latín vinum acre, vino agrio-, lo cierto es que hoy en día, la consideración hacia el vinagre ha ganado muchos enteros.
Las primeras noticias que tenemos sobre la existencia del vino se remontan más de siete mil años desde nuestros días y es un hecho destacado que la mayoría de las culturas clásicas –sobre todo la egipcia, la griega y la romana- lo colocan en el centro de sus celebraciones y rituales, dotándolo así de una importancia que no ha tenido ninguna otra bebida a lo largo de la historia. En ellas incluso llegó a crearse el dios que representaba a esta bebida –Baco o Dioniso- y la tradición cristiana le ha otorgado siempre una importancia suprema, posicionándolo en el centro de la última cena que Jesús celebró con sus discípulos o utilizándolo para motivar su primer milagro en el episodio de las bodas de Caná.
Casi en paralelo, la historia del vinagre llega hasta nuestros días. Y es que aquellos primeros vinagre eran la consecuencia del mal almacenaje del vino, que acababa agriado y perdía así su valor. Se puede decir, por lo tanto, que uno era la alteración natural del otro. No obstante, ya en la Grecia Clásica ciertos autores otorgan al vinagre características medicinales, atribuyéndole efectos positivos como antiséptico en la limpieza de heridas, como analgésico o como elemento de prevención del “mal de melancolía” o lo que hoy conocemos como depresión.
Históricamente, el vinagre también ha sido utilizado en la conservación de los alimentos en modo de escabeche. En zonas donde la pesca o la caza eran abundantes durante una época del año, esta forma de almacenar y conservar la comida se hizo muy común y facilitó la vida a sus habitantes.
En la actualidad sabemos que el vinagre es una solución acuosa diluida de ácido acético, que se obtiene después de que una serie de bacterias conocidas en su conjunto como bacterias del ácido acético oxiden el alcohol del vino y de algunas otras bebidas alcohólicas con un porcentaje de etanol no muy alto. Una característica importante de este tipo de bacterias es que, a pesar de estar formadas por un grupo muy heterogéneo de microorganismos, todas presentan una alta tolerancia a la acidez, de manera que muchas de estas cepas pueden crecer a pH inferiores a cinco.
Pero, ¿a qué nos referimos exactamente cuando hablamos de pH? El pH es la forma más común y más sencilla que tenemos para medir el grado de acidez de una solución acuosa y se calcula con una fórmula matemática. Medir el grado de acidez, en el fondo, no es otra cosa que medir la concentración de unos iones llamados hidronio -que se representan como H3O+-. A esta concentración de iones también se le conoce como potencial de hidrógeno; de ahí el nombre de pH.
Para medir el pH de una solución, por lo tanto, lo que tendremos que hacer será medir la concentración de este ion y realizar una operación matemática que consiste en calcular su logaritmo decimal, cambiándole el signo al valor numérico obtenido. Este término se usa desde principios del siglo XX, cuando fue introducido por el químico danés Sorensen, por lo cómodo que resulta el manejo de sus unidades. Y baste para simplificarlo un ejemplo. El agua pura tiene un pH de 7, que se considera un pH neutro, así como se habla de pH ácido a los inferiores a este valor y pH básico a los superiores. Pues bien, un pH de 7 quiere decir que la concentración de iones hidronio que hay en esa solución es de 0.0000001 molar. Es decir, un cero seguido de siete decimales.
En nuestra vida de a diario nos hemos acostumbrado a convivir con este término, aunque aún nos cuesta familiarizarnos con ciertos valores de pH que nos permitirían comparar y relativizar. Por ejemplo, el pH del vinagre que podemos tener en cualquiera de nuestras cocinas ronda el valor 3, mientras que el del ácido de una batería de uno de nuestros coches, vale en torno a 1. Un refresco de cola tiene un pH de entre 2 y 3, mientras que el de nuestros jugos gástricos se mueve en valores entre 1 y 2. El amoníaco tiene un pH de 11 y hablamos de lluvia ácida cuando el valor de su pH baja de 5.
En términos puramente químicos podemos decir que una de las diferencias más importantes entre el vino y el vinagre es el pH al que se encuentran, aunque esto sería reducir demasiado una cuestión que lleva acompañándonos desde el principio de la civilización.

miércoles, 22 de julio de 2009

150 AÑOS DE EVOLUCIÓN Y SELECCIÓN NATURAL

En 1.828, con tan sólo diecinueve años, Charles Darwin llegó a Cambridge con la idea de obtener un grado en letras. Pero allí conocería al profesor de botánica John Stevens Henslow, que iba a cambiar el rumbo de su vida. Apenas cuatro años después, y visto el enorme interés que el joven Darwin mostraba por las ciencias de la naturaleza, aquel profesor le ofreció la posibilidad de embarcarse, como naturalista, en una expedición que pretendía cartografiar la costa de América del Sur. Así fue como comenzó su gran viaje a bordo del Beagle, en el que comenzó a gestarse una de las más grandes teorías científicas habidas jamás, la de la Evolución.
En el lenguaje ordinario, una teoría hace referencia a un conocimiento especulativo. Es decir, cuando no se está seguro de por qué sucede algo, tendemos a elaborar razonamientos que suelen carecer de rigor experimental. En ciencia, por el contrario, llamamos teoría al conjunto de leyes que sirven para relacionar determinado orden de fenómenos. La redacción de una teoría sigue un riguroso proceso conocido como método científico, en el que la observación, la experimentación, la elaboración de hipótesis y la comprobación se encargan de desechar todas aquellas propuestas que no se ajustan al proceso observado. Así, conocemos la teoría de Gravitación Universal o la teoría de la Relatividad, cuya veracidad está fuera de toda duda. Pero diferentes cuestiones han hecho a lo largo de la historia que la teoría de la Evolución no sea aceptada por toda la sociedad. Y es que los prejuicios religiosos o la mera ignorancia son a veces un lastre demasiado pesado para seguir creciendo en el conocimiento.
La evolución es un hecho y así lo podemos constatar casi a diario. Las bacterias evolucionan pudiendo así escapar al efecto de determinados antibióticos creando resistencias. Los virus evolucionan de una manera asombrosamente rápida, como es el caso del de la gripe, haciendo que tengamos la necesidad de generar vacunas nuevas cada temporada. Y también evolucionan los gusanos, las moscas y todos los parásitos que atacan a los cultivos agrícolas y que consiguen hacerse fuertes frente a los insecticidas. El problema es que en organismos más complejos, como es el caso de los humanos, la evolución no es observable en un período corto de tiempo. Para comprobar cómo ha cambiado el volumen de nuestro cráneo o cómo ha evolucionado nuestra laringe para poder adquirir el habla, sería necesario remontarse a muchas generaciones atrás y esto no es tan sencillo como en el caso de las bacterias o los virus.
En 1.859 Darwin publicó su gran obra: el origen de las especies. El libro suscitó tal interés que el mismo día que salió a la venta, los 1.250 ejemplares de la primera edición ya estaban vendidos. En éste, propuso dos grandes teorías. Por un lado habló del origen común de la vida en la tierra, aportando para ello un gran número de evidencias que en su conjunto conducen a la teoría de la Evolución; y por otro, estableció el mecanismo por el que la evolución actúa: la Selección Natural.
Darwin llamó Selección Natural al fenómeno mediante el que se produce la conservación de las características que favorecen la supervivencia de una especie y la destrucción de las que son perjudiciales. Y esto es un hecho. En todo ecosistema se establecen luchas por la supervivencia, de manera que al final siempre consiguen reproducirse los individuos que poseen algún elemento que los favorece y que, en definitiva, son naturalmente seleccionados. Algunos de estos elementos diferenciales entre individuos se producen de manera aleatoria entre los descendientes de un organismo y llegan a ser heredables. Este es el caso de las mutaciones, que constituyen así una importante fuente de variabilidad y que, a la larga, contribuyen a que se dé la evolución de las especies.
Con la teoría de la selección natural la ciencia fue capaz de explicar de una manera satisfactoria algunos aspectos del mundo biológico que hasta ese momento se sustentaban en creencias sobrenaturales y divinas. Muchos científicos consideran que esta teoría marcó el punto de partida para la etapa moderna de una disciplina, como la biología, que se convertía así en una auténtica ciencia.
En el origen de las especies el autor no quiso tratar la cuestión del origen del hombre por estar el tema “tan rodeado de prejuicios”. Hoy, ciento cincuenta años después, la ciencia ha ganado mucho espacio a la superstición y a ello han contribuido de una manera muy importante personajes como Darwin.

viernes, 26 de junio de 2009

BOCIO EN LA CAPILLA SIXTINA

Decía el genial y polifacético Miguel Ángel que las almas no tienen sastre que las vistan. Y es que cuando tuvo que pintar un mural en el que se iba a convertir en el altar más bello de la cristiandad, el de la Capilla Sixtina, el pintor no tuvo la menor duda a la hora de representar a todos los personajes desnudos. El Renacimiento hacía ya varias décadas que había eliminado las vestiduras de las figuras y El Juicio Final no iba a ser una excepción. Pero no todo el mundo lo veía con buenos ojos. No fueron pocos los cardenales que levantaron la voz en contra de semejante indecencia y especialmente beligerante se mostró el maestro de ceremonias Biagio de Cesana.
Ante tal muestra de desacuerdo, el Papa de la época, Pablo III, mandó a un par de los discípulos de Miguel Ángel –debido a la negativa de éste- a que trazaran velos a lo largo del cuadro que taparan los genitales más a la vista, especialmente en el caso de Jesús y de su madre, la Virgen María.
El enfado de Miguel Ángel fue tremendo y se cobró por ello una tibia venganza. A las puertas del infierno, en la esquina inferior derecha del mural, dibujó un personaje con una nariz enorme, pelo blanco y orejas de burro, con una serpiente que se enroscaba a su cuerpo y que representaba el destino que el pintor le deseaba al clérigo, en cuyo rostro se identificaba a aquel personaje que había conseguido convencer al Sumo Pontífice.
Parece ser que Biagio de Cesana, al descubrirse así retratado fue en busca de Pablo III y le pidió entre sollozos que ordenara al artista que lo borrara del mural. Pero el Papa le dijo, con cierto grado de ironía, que Miguel Ángel le había dibujado a las puertas mismas del infierno, allí donde él no tenía poder ya que éste sólo llegaba hasta el purgatorio. Nulla est redemptio, le dijo. Algo así como que una vez en el infierno ya no hay redención.
Y así es como Biagio de Cesana ha llegado a nuestros días, ridiculizado por uno de los artistas más universales de la historia. Mientras tanto, si por algo destacó el papado de Pablo III, además de por ordenar la elaboración del magnífico mural a Miguel Ángel, fue por dar aprobación a la que hoy en día es la orden religiosa masculina y católica de mayor envergadura: la Compañía de Jesús. No obstante, hay otros actos atribuibles a este controvertido Papa que no son tan conocidos, pero que merecen ser destacados. Uno de ellos fue la elaboración de la conocida como bula Sublimis Deus, en la que pedía a los conquistadores del nuevo mundo que trataran a los indígenas bociosos de Latinoamérica como seres con una alma y dignos de ser convertidos al cristianismo, lo que da muestra de la relación que existía entre conquistados y conquistadores, y de los altos niveles de afectación de bocio que, en pleno siglo XVI, existía en países como Guatemala, Bolivia o Perú.
El bocio es una tumoración que se produce en el cuello, justo debajo de la laringe, debida al aumento de una glándula llamada tiroides. El correcto funcionamiento de esta glándula es fundamental para la vida ya que las hormonas que produce tienen un efecto directo en la práctica totalidad de los tejidos del organismo.
La tiroides da lugar, principalmente, a dos hormonas, llamadas tiroxina (T4) y triyodotironina (T3), en cuya formación es fundamental la presencia del yodo. La principal función de la hormona T4 es la de activar el consumo de oxígeno en las células para favorecer el metabolismo de los hidratos de carbono y de las grasas, y los niveles de ésta en sangre vienen regulados por otra hormona denominada tirotropina u hormona estimulante de la tiroides (TSH), que es secretada por la hipófisis y cuya secreción, a su vez, está controlada por una hormona llamada tiroliberina u hormona liberadora de tirotropina (TRH), producida en el hipotálamo. La otra hormona sintetizada en la tiroides es la triyodotironina, que también juega un papel importante en el metabolismo de los hidratos de carbono y las proteínas.
El hipertiroidismo es una patología producida por un exceso de hormonas T3 y T4, secretadas por la tiroides, y se caracteriza porque los pacientes presentan un bajo tono muscular asociado a pérdida de peso y fatiga, todo ello provocado por el aumento del metabolismo basal. Por el contrario, en el hipotiroidismo, muchas veces asociado con la falta de yodo, se produce un descenso en la secreción de hormonas tiroideas y se presenta con una ganancia de peso en los pacientes, asociada, muchas veces, con estados depresivos.
Una vez más, el bocio no supone, prácticamente, ningún problema en el mundo desarrollado. Aún así, una dieta desequilibrada podría hacer que eso cambiara. Y es que en alimentación y salud, casi siempre, tan malos son los defectos como los excesos.

lunes, 8 de junio de 2009

¿NEWTON O EINSTEIN...? TODO ES RELATIVO

(Podrás encontrar explicaciones a ésta y otras cuestiones en mi canal de youtube Un paseo con Darwin)

Entre principios del siglo XVI y principios del XVIII se produjo uno de los acontecimientos más trascendentes de la historia y que dio lugar al mundo moderno tal y como hoy lo entendemos. Se trata de la Revolución Científica, que se inaugura con Copérnico y su teoría heliocéntrica del sistema solar y finaliza con el que es considerado como el científico más grande de todos los tiempos: Newton.
Isaac Newton nació en Inglaterra y su gran aportación la hizo en el campo de la física, estableciendo las bases de la mecánica clásica mediante las leyes que llevan su nombre y el descubrimiento de la ley de gravitación universal. En 1.687 publicó una obra científica donde exponía sus descubrimientos, que aún es considerada la más importante jamás publicada y que sigue teniendo una vigencia incuestionable en sistemas macroscópicos y que se mueven a velocidades alejadas de la de la luz. Y es que, si hay un científico que trescientos años después ha conseguido hacer sombra a la genialidad de Newton ese ha sido Albert Einstein y fue precisamente su Teoría de la Relatividad la que demostró que la física de Newton carecía de valor cuando el cuerpo estudiado se mueve con velocidad próxima a la de la luz.
Para la mecánica clásica, si un observador parado en el andén de una estación de ferrocarril ve pasar un tren a cien kilómetros por hora y dentro de uno de sus vagones un pasajero lanzara una pelota hacia delante a cincuenta kilómetros por hora, este observador vería que la pelota se desplaza a ciento cincuenta kilómetros por hora. Es decir, para calcular la velocidad total de la pelota, basta con sumar las velocidades de ésta con respecto al vagón y del tren con respecto al observador. Hasta principios del siglo XX esto era así siempre, pero la aparición de la Teoría de la Relatividad desmontó una de las ideas más firmemente asentadas en física.
Supongamos ahora que ese tren se moviera a cien mil kilómetros por segundo y que el pasajero imaginario, en vez de lanzar una pelota hacia delante, enciende una linterna que emite un haz de luz, que se mueve a trescientos mil kilómetros por segundo. Según la mecánica clásica, la luz se desplazaría con respecto al observador del andén a cuatrocientos mil kilómetros por segundo, pero no es así, y es que la luz se propaga siempre a la misma velocidad, independientemente de cuál sea el sistema de referencias que usemos para medirla. Es decir, el haz de luz estará viajando a trescientos mil kilómetros por segundo, tanto para el viajero como para el observador del andén.
Esta idea puede llegar a resultar chocante y es que, si la luz viaja a la misma velocidad para los dos, en un tiempo determinado ésta debe recorrer un mismo espacio, y podríamos pensar que esto no es así ya que “vemos” que en ese tiempo la luz recorre más espacio cuando viaja dentro del tren. Lo que en realidad está pasando, y ésta es la gran aportación de la Teoría de Einstein, es que la percepción del espacio y del tiempo es diferente para cada uno de los observadores. Es decir, la medida del espacio y del tiempo es relativa al observador.
Una de las consecuencias más importantes de esta teoría es que el tiempo se hace cada vez más lento para un objeto que viaja a una velocidad próxima a la de la luz. Otra consecuencia es que la geometría del espacio-tiempo se ve afectada por la presencia de materia. Supongamos que viviéramos en un universo plano, en un folio. Y que este folio estuviera divido en cuadrículas iguales. Supongamos también que nos movemos a una velocidad constante y que llegar desde una cuadrícula a otra nos llevara un minuto. Ahora imaginemos que ponemos un objeto en ese folio y que éste cede como la red que recibe a un trapecista. Como el folio cuadriculado que hemos supuesto es elástico, se deformará tanto más cuanto más cerca se encuentre del lugar donde hemos colocado el objeto, de manera que para seguir tardando un minuto en llegar desde una cuadrícula a otra, ahora deberíamos movernos más rápido y esta velocidad estará más acelerada cuanto más cerca estemos del objeto. Pues bien, eso es exactamente la gravedad para la Teoría de la Relatividad, una fuerza ficticia que se origina por una simple deformación del espacio tiempo debido a la presencia de materia.
A pesar de todo lo anterior, la aparición de la Teoría de la Relatividad no vino a desmontar a la Mecánica Clásica. Lo único que Einstein hizo fue elaborar una descripción de la naturaleza que resultaba, en determinadas condiciones, más precisa que la de Newton. Es probable que en unos años aparezca un nuevo científico que halle una mejor. Aún así, la naturaleza seguirá comportándose igual y cada nueva teoría simplemente conseguirá acercarnos a su infinita complejidad.

martes, 26 de mayo de 2009

ÁNGEL GONZÁLEZ

"González era un Ángel menos dos alas, González era un santo por lo civil". Así empieza la canción homenaje a Ángel González que Joaquín Sabina ha escrito junto al poeta Benjamín Prado y que aparecerá en su nuevo disco, que sale en noviembre y que aún no tiene nombre (aunque al músico le gusta mucho "Vinagre y rosas").

Puedes pinchar aquí para escuchar la canción
http://www.youtube.com/watch?v=WFPvw9_AyKs&feature=channel_page

Ángel González nació en Oviedo en 1925 y murió en Madrid hace algo más de un año -en enero de 2008-. Perteneció a la Generación de los 50 y de él siempre se ha dicho que fue un reaccionario. El amor, el mundo de a pie y el paso del tiempo son los tres grandes pilares sobre los que construyó su poesía, lúcida y transparente.

EL OTOÑO SE ACERCA
(Angel González)

El otoño se acerca con muy poco ruido:
apagadas cigarras, unos grillos apenas,
defienden el reducto
de un verano obstinado en perpetuarse,
cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.
.
Se diría que aquí no pasa nada,
pero un silencio súbito ilumina el prodigio:
ha pasado
un ángel
que se llamaba luz, o fuego, o vida.
.
Y lo perdimos para siempre.