lunes, 19 de septiembre de 2011
BAJO LOS ADOQUINES, LA CIENCIA
“Bajo los adoquines, la ciencia” juega con una idea de libertad. Ahora que las reivindicaciones sociales se muestran tan presentes como necesarias y pendientes del camino que toma la “primavera árabe”, este título (prestado del mayo del 68) me parece más adecuado que cuando surgió, hace casi dos años. En aquel momento trataba de presentar a la ciencia como el adalid que exige una transformación social. Y la idea no ha cambiado; si acaso, ha ganado fuerza.
En el libro, como fragmentos de vida, se suceden algunas de las anécdotas de los personajes que han construido nuestro presente. Sus historias, salpicadas con el pincel de la ciencia, nos enseñan a situarnos en el terreno de juego que es el mundo actual. Conocer y comprender ese presente bajo la perspectiva de cada uno pasa por entender lo que estamos viviendo. Y ahí juega un papel determinante nuestro saber científico.
Después de haberle arrancado una década al siglo XXI, términos como células madre, cromosomas o ADN están perfectamente instalados en el subconsciente colectivo de la sociedad. Pero a veces su significado se enmaraña y se pierde por culpa de la superstición, la vagancia intelectual o la inmensa osadía de la ignorancia.
Así pues, en esta recopilación de artículos perfectamente ilustrados por el dibujante Juan Manuel Beltrán y prologados por el genial profesor el Doctor Juan Ramón Lacadena, el que escribe intenta –desde su modesta posición- dar luz a algunas de las dudas que la ciencia genera. Dentro de muy pocos días estará en la calle. Espero, lector, que hincarle el diente sea sólo la forma reivindicativa que tienes de enfrentarte al futuro de una forma crítica y decidida. Porque sólo el conocimiento nos hace plenamente libres.
viernes, 29 de abril de 2011
DESCANSE EN PAZ
Ya hace tres semanas que se falló el I Certamen de Novela Corta "Ciudad de Algeciras". En este, mi novela Descanse en paz se alzó como ganadora. El viernes que viene será la presentación oficial, pero por ahora ya tenemos portada del libro, de cuya edición se va a encargar la Editorial Atrapasueños, de Sevilla. El diseño de la portada corresponde a Inma Infante, y el resultado, a mi parecer, es más que satisfactorio.
Espero que a ti, lector, también te guste. Ya me contarás. También espero que su interior no te defraude. Confío en que pronto esté en la calle y que puedas leerlo.
Espero que a ti, lector, también te guste. Ya me contarás. También espero que su interior no te defraude. Confío en que pronto esté en la calle y que puedas leerlo.
miércoles, 10 de marzo de 2010
LOS TERREMOTOS Y EL COLOSO DE RODAS
La situación de la isla de Rodas en la antigüedad suponía un enclave privilegiado en el mar Egeo. Desde allí, el comercio con Grecia, Asia Menor y Egipto, además del control estratégico de la zona, era mucho más sencillo que desde cualquier otro lugar del Mediterráneo. Por eso, diferentes pueblos, como el macedonio, trataron de hacerse con el control de la isla. Pero ésta fue capaz de repeler los ataques extranjeros y en honor a ello se decidió erigir una gigantesca estatua a Helios, el dios protector del lugar. El encargado de la construcción fue Cares de Lindos y en ella utilizó hierro para construir el armazón y un gran número de placas de bronce para dar lugar a una gran estatua que medía 32 metros de altura.
La fama de la escultura, que pasaría a la historia como El Coloso de Rodas, crecía día a día y viajeros de toda la tierra conocida se desplazaban hasta la isla para contemplarla. Pero la fatalidad quiso que sólo 56 años después de ser puesta en pie un gran terremoto la derribara. Después de aquello, el gobernador de Egipto Ptolomeo III se ofreció a pagar la reconstrucción de la estructura, pero los responsables de la isla rechazaron el ofrecimiento por entender que el terremoto había sido un castigo de los dioses por ofender al dios Helios.
Y es que durante buena parte de la historia, los terremotos, como todos los fenómenos que las distintas civilizaciones han conocido pero que no han llegado a entender, han sido considerados castigos divinos hacia la humanidad. Desde aquél, en el siglo III a.C. hasta nuestros días, los terremotos se han sucedido de manera continua dejando a su paso un balance de víctimas mortales y daños materiales enorme. El de mayores consecuencias humanas del que se tiene noticia fue el gran terremoto de Oriente Medio, que asoló el norte de Egipto en 1.201 cobrándose más de un millón de vidas. Hoy en día, el conocimiento que se tiene acerca de los terremotos nos permite acercarnos a ellos de una forma mucho más terrenal, aunque todavía parece lejano el día en que seamos capaces de predecirlos con tiempo suficiente.
Para explicar cómo y por qué se producen los terremotos habría que empezar hablando de una capa superficial de la tierra llamada litosfera. Ésta es una estructura sólida que flota sobre otra, de características fluidas, denominada astenosfera. La litosfera se encuentra dividida en 14 fragmentos denominados cada uno de ellos placas tectónicas. Estas placas, debido a que se encuentran sobre materia no sólida, se desplazan lentamente generando una serie de procesos como es el vulcanismo, la formación de las montañas y los fenómenos sísmicos.
El desplazamiento de las placas tectónicas se da a una velocidad que es imperceptible en nuestro día a día –dos o tres centímetros al año-, pero suficiente como para ir generando una energía por fricción que va acumulándose hasta que acaba por liberarse dando lugar a los tan temidos terremotos. A la zona donde propiamente se produce el terremoto, es decir, al sitio que libera la gran energía acumulada tras un largo período de fricción entre dos placas tectónicas se le denomina hipocentro, mientras que a ese mismo lugar, pero en la superficie terrestre se le llama epicentro, y es aquí donde las ondas sísmicas se hacen sentir con mayor intensidad.
Siempre que se genera un terremoto aparecen varios tipos de ondas elásticas que son las que propagan el seísmo. Estas ondas pueden ser de tres tipos: ondas primarias o P, que se propagan en la misma dirección que la vibración; secundarias o S, que se propagan en perpendicular a la vibración; y ondas superficiales, que son las últimas en aparecer y que lo hacen como consecuencia de la interacción entre las ondas P y S en la superficie terrestre. Estas últimas son las que producen más daño a nivel estructural. Aunque también es cierto que en la aparición de los daños intervienen diferentes factores como la profundidad a la que se encuentre el hipocentro y lo preparada que esté una determinada población para afrontar la presencia del fenómeno sísmico.
No obstante, existe una escala objetiva, que es la más utilizada para cuantificar el efecto de un terremoto, llamada Escala de Richter. Ésta determina la magnitud de un terremoto de forma logarítmica. Es decir, el aumento de una unidad en la escala de Ritcher –por ejemplo, pasar de 7 a 8 grados- quiere decir que la fuerza del terremoto se ha multiplicado por diez.
A día de hoy, existe un proyecto para volver a levantar una estatua en Rodas similar a la que existió entonces. Mientras, el temor a que la tierra tiemble sigue presente en nuestras vidas, aunque, como siempre, la desgracia suele cebarse con los que menos tienen.
La fama de la escultura, que pasaría a la historia como El Coloso de Rodas, crecía día a día y viajeros de toda la tierra conocida se desplazaban hasta la isla para contemplarla. Pero la fatalidad quiso que sólo 56 años después de ser puesta en pie un gran terremoto la derribara. Después de aquello, el gobernador de Egipto Ptolomeo III se ofreció a pagar la reconstrucción de la estructura, pero los responsables de la isla rechazaron el ofrecimiento por entender que el terremoto había sido un castigo de los dioses por ofender al dios Helios.
Y es que durante buena parte de la historia, los terremotos, como todos los fenómenos que las distintas civilizaciones han conocido pero que no han llegado a entender, han sido considerados castigos divinos hacia la humanidad. Desde aquél, en el siglo III a.C. hasta nuestros días, los terremotos se han sucedido de manera continua dejando a su paso un balance de víctimas mortales y daños materiales enorme. El de mayores consecuencias humanas del que se tiene noticia fue el gran terremoto de Oriente Medio, que asoló el norte de Egipto en 1.201 cobrándose más de un millón de vidas. Hoy en día, el conocimiento que se tiene acerca de los terremotos nos permite acercarnos a ellos de una forma mucho más terrenal, aunque todavía parece lejano el día en que seamos capaces de predecirlos con tiempo suficiente.
Para explicar cómo y por qué se producen los terremotos habría que empezar hablando de una capa superficial de la tierra llamada litosfera. Ésta es una estructura sólida que flota sobre otra, de características fluidas, denominada astenosfera. La litosfera se encuentra dividida en 14 fragmentos denominados cada uno de ellos placas tectónicas. Estas placas, debido a que se encuentran sobre materia no sólida, se desplazan lentamente generando una serie de procesos como es el vulcanismo, la formación de las montañas y los fenómenos sísmicos.
El desplazamiento de las placas tectónicas se da a una velocidad que es imperceptible en nuestro día a día –dos o tres centímetros al año-, pero suficiente como para ir generando una energía por fricción que va acumulándose hasta que acaba por liberarse dando lugar a los tan temidos terremotos. A la zona donde propiamente se produce el terremoto, es decir, al sitio que libera la gran energía acumulada tras un largo período de fricción entre dos placas tectónicas se le denomina hipocentro, mientras que a ese mismo lugar, pero en la superficie terrestre se le llama epicentro, y es aquí donde las ondas sísmicas se hacen sentir con mayor intensidad.
Siempre que se genera un terremoto aparecen varios tipos de ondas elásticas que son las que propagan el seísmo. Estas ondas pueden ser de tres tipos: ondas primarias o P, que se propagan en la misma dirección que la vibración; secundarias o S, que se propagan en perpendicular a la vibración; y ondas superficiales, que son las últimas en aparecer y que lo hacen como consecuencia de la interacción entre las ondas P y S en la superficie terrestre. Estas últimas son las que producen más daño a nivel estructural. Aunque también es cierto que en la aparición de los daños intervienen diferentes factores como la profundidad a la que se encuentre el hipocentro y lo preparada que esté una determinada población para afrontar la presencia del fenómeno sísmico.
No obstante, existe una escala objetiva, que es la más utilizada para cuantificar el efecto de un terremoto, llamada Escala de Richter. Ésta determina la magnitud de un terremoto de forma logarítmica. Es decir, el aumento de una unidad en la escala de Ritcher –por ejemplo, pasar de 7 a 8 grados- quiere decir que la fuerza del terremoto se ha multiplicado por diez.
A día de hoy, existe un proyecto para volver a levantar una estatua en Rodas similar a la que existió entonces. Mientras, el temor a que la tierra tiemble sigue presente en nuestras vidas, aunque, como siempre, la desgracia suele cebarse con los que menos tienen.
jueves, 26 de noviembre de 2009
Cristina Garmendia: mentiras, malditas mentiras y estadísticas.
Pego abajo el comunicado de prensa que la Federación de Jóvenes Investigadores (FJI/Precarios) está haciendo llegar a lo largo del día de hoy a todos los medios de comunicación.
Las últimas declaraciones ministeriales sobre el supuesto aumento de la inversión en I+D+i para el año 2010 son un insulto a todos los investigadores. FJI/Precarios exige al Gobierno el fin del doble discurso, es imprescindible un compromiso serio y decidido con la investigación en España.
La Ministra de Ciencia e Innovación, Dra. Cristina Garmendia, declaró en el Pleno del Congreso del miércoles 18 de noviembre que las estadísticas del INE demostraban que el PSOE había dedicado más dinero a la I+D+i en 4 años que el PP en 8. La ministra Garmendia ha debido olvidar la cita del primer ministro del Reino Unido, Benjamín Disraelí, que decia "Hay tres tipos de mentiras: mentiras, grandes mentiras y estadísticas". Es necesario recordar que no hay nada más perverso que falsear la realidad para engañar a los ciudadanos. La realidad es que el incremento del PIB en I+D+i durante el periodo 2004-2008 ha sido del 64%, menos de la mitad del que se realizó en el período 1996-2004, que fue del 132%. Tras más de 5 años de Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, es hora de que empiecen a argumentar con méritos propios y no con deméritos ajenos. Es insultante que la ministra Garmendia quiera olvidar que esas mismas cifras demuestran que la inversión española en I+D+i está en el 1’35% del PIB, muy lejos del 2% que el programa electoral del PSOE del 2004 marcaba como objetivo para el año 2010 y a la altura de grandes potencias europeas como Estonia.
Los anunciados recortes presupuestarios en Ciencia (inicialmente, un 37%) consiguieron unánimes protestas de la comunidad científica y la sociedad en general. La reacción del Gobierno a este tijeretazo, criticado incluso por el propio ministro de Educación, ha sido la de maquillar las cifras, manteniendo contra viento y marea que existe una subida minúscula, del 0’29%, cuando la realidad es que el Presupuesto correspondiente a Operaciones no Financieras (capítulos I a VII) disminuye un 14,6%. El análisis de las partidas presupuestarias de I+D+i revela una gran subida en partidas financieras para créditos y préstamos (62%), pero una bajada espectacular en los gastos corrientes o servicios (-61’8%) o en el cap. VI (-25%), de donde beben, entre otros, muchos programas de recursos humanos. A este respecto, cabe señalar que ya este año ha habido un brutal recorte en la oferta de empleo público en investigación y que, tanto el 2008 como el 2009, el Ministerio ha ofertado sólo la mitad de las ayudas postdoctorales de otros años.
Por ningún lado, además, se observan propuestas para optimizar el gasto público en I+D+i, mejorar la ejecución presupuestaria de las partidas, limitar la estúpida burocracia que impide que los grupos aprovechen plenamente los recursos obtenidos, programar las convocatorias y agilizar su resolución, para que los investigadores puedan rendir al máximo, etc. Por fin, la última medida del Gobierno, el Plan Innpulso, no es sino una Opera Buffa que incluye como ayudas a la investigación la construcción de carriles-bici o la ampliación de vertederos (¿será para ubicar a los investigadores Ramón y Cajal que acaban su contrato y se van a la calle?)
Es imprescindible que el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero se deje de fuegos artificiales. Es constatable que las economías que han invertido en I+D+i son las que han obtenido un crecimiento más sólido y sostenido y son las mejor preparadas para afrontar la famosa crisis. El Gobierno lo reconoce, finge que se interesa, pero realmente no hace nada al respecto. FJI/PRECARIOS exige que el Sr. Zapatero decida si le interesa el Ministerio de Ciencia e Innovación más que como un jarrón con flores marchitas y la Dra. Garmendia si quiere ejercer de florero al que han amputado toda la parte de Universidades, segmentado la gestión global de la Carrera Investigadora, apartado de la negociación de asuntos importantes y con su tema estrella, la Ley de la Ciencia, paralizado desde hace meses. NO ES POSIBLE UNA ECONOMÍA SOSTENIBLE SIN INVERTIR EN CIENCIA
Las últimas declaraciones ministeriales sobre el supuesto aumento de la inversión en I+D+i para el año 2010 son un insulto a todos los investigadores. FJI/Precarios exige al Gobierno el fin del doble discurso, es imprescindible un compromiso serio y decidido con la investigación en España.
La Ministra de Ciencia e Innovación, Dra. Cristina Garmendia, declaró en el Pleno del Congreso del miércoles 18 de noviembre que las estadísticas del INE demostraban que el PSOE había dedicado más dinero a la I+D+i en 4 años que el PP en 8. La ministra Garmendia ha debido olvidar la cita del primer ministro del Reino Unido, Benjamín Disraelí, que decia "Hay tres tipos de mentiras: mentiras, grandes mentiras y estadísticas". Es necesario recordar que no hay nada más perverso que falsear la realidad para engañar a los ciudadanos. La realidad es que el incremento del PIB en I+D+i durante el periodo 2004-2008 ha sido del 64%, menos de la mitad del que se realizó en el período 1996-2004, que fue del 132%. Tras más de 5 años de Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, es hora de que empiecen a argumentar con méritos propios y no con deméritos ajenos. Es insultante que la ministra Garmendia quiera olvidar que esas mismas cifras demuestran que la inversión española en I+D+i está en el 1’35% del PIB, muy lejos del 2% que el programa electoral del PSOE del 2004 marcaba como objetivo para el año 2010 y a la altura de grandes potencias europeas como Estonia.
Los anunciados recortes presupuestarios en Ciencia (inicialmente, un 37%) consiguieron unánimes protestas de la comunidad científica y la sociedad en general. La reacción del Gobierno a este tijeretazo, criticado incluso por el propio ministro de Educación, ha sido la de maquillar las cifras, manteniendo contra viento y marea que existe una subida minúscula, del 0’29%, cuando la realidad es que el Presupuesto correspondiente a Operaciones no Financieras (capítulos I a VII) disminuye un 14,6%. El análisis de las partidas presupuestarias de I+D+i revela una gran subida en partidas financieras para créditos y préstamos (62%), pero una bajada espectacular en los gastos corrientes o servicios (-61’8%) o en el cap. VI (-25%), de donde beben, entre otros, muchos programas de recursos humanos. A este respecto, cabe señalar que ya este año ha habido un brutal recorte en la oferta de empleo público en investigación y que, tanto el 2008 como el 2009, el Ministerio ha ofertado sólo la mitad de las ayudas postdoctorales de otros años.
Por ningún lado, además, se observan propuestas para optimizar el gasto público en I+D+i, mejorar la ejecución presupuestaria de las partidas, limitar la estúpida burocracia que impide que los grupos aprovechen plenamente los recursos obtenidos, programar las convocatorias y agilizar su resolución, para que los investigadores puedan rendir al máximo, etc. Por fin, la última medida del Gobierno, el Plan Innpulso, no es sino una Opera Buffa que incluye como ayudas a la investigación la construcción de carriles-bici o la ampliación de vertederos (¿será para ubicar a los investigadores Ramón y Cajal que acaban su contrato y se van a la calle?)
Es imprescindible que el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero se deje de fuegos artificiales. Es constatable que las economías que han invertido en I+D+i son las que han obtenido un crecimiento más sólido y sostenido y son las mejor preparadas para afrontar la famosa crisis. El Gobierno lo reconoce, finge que se interesa, pero realmente no hace nada al respecto. FJI/PRECARIOS exige que el Sr. Zapatero decida si le interesa el Ministerio de Ciencia e Innovación más que como un jarrón con flores marchitas y la Dra. Garmendia si quiere ejercer de florero al que han amputado toda la parte de Universidades, segmentado la gestión global de la Carrera Investigadora, apartado de la negociación de asuntos importantes y con su tema estrella, la Ley de la Ciencia, paralizado desde hace meses. NO ES POSIBLE UNA ECONOMÍA SOSTENIBLE SIN INVERTIR EN CIENCIA
viernes, 13 de noviembre de 2009
CLEOPATRA Y LA HIGIENE
La historia ha tratado muy bien los encantos de Cleopatra. Se suele decir de ella que fue una de las mujeres más hermosas del antiguo Egipto y no en vano, Elisabeth Taylor puso a la disposición del personaje uno de los rostros más agradables del séptimo arte. Pero hoy, gracias a algunos grabados encontrados y a ciertos dibujos de la época, sabemos que su poder de seducción debía radicar más en su fuerte personalidad que en su aspecto físico.
En cualquier caso, independientemente de dónde residiera su sex-appeal, lo que es un hecho es que fue capaz de seducir a dos de los hombres más poderosos del imperio romano: Julio César y Marco Antonio. Los romances con ambos fueron trágicos hasta el punto de que el segundo de ellos se suicidó tras recibir un informe falso sobre la muerte de Cleopatra. Pocos días después, ella haría lo mismo para evitar caer en las manos de Octavio, el enemigo político de su marido.
La que fuera última reina del Antiguo Egipto profesaba con devoción el culto al cuerpo y lo hacía con tal rigor que se dice que pudo llegar a escribir un tratado de higiene y belleza, que no ha llegado a nuestros días. De ella sabemos que se bañaba en leche de burra aderezada con miel, que usaba carmín para sus labios y pinturas de color verde para sus párpados, que usaba pestañas postizas, que trataba el contorno de sus ojos con crema de albaricoque para disimular sus arrugas y que utilizaba el jabón como elemento básico de higiene.
Y es precisamente en Roma, esa ciudad que amó y odió a partes iguales a la reina egipcia, donde la leyenda cuenta que nació el jabón. Según ésta, en el monte Sapo se realizaban de manera habitual sacrificios de animales para honrar a los dioses. Los restos de estos sacrificios eran arrastrados por la lluvia de manera que iban a parar al río Tíber, a cuyas orillas las esclavas de la ciudad de Roma lavaban la ropa. Estas mujeres observaron que la mezcla de las grasas animales con las cenizas de la madera quemada en el sacrificio daba lugar a una sustancia que, en forma de espuma, flotaba en el río y que, además, hacía que el lavado fuera más efectivo.
El imperio romano fue creciendo y con él el interés por la higiene, perfeccionándose, a medida que transcurría el tiempo, la elaboración del jabón. No obstante, tras la caída del imperio romano, en el Siglo V, la primitiva industria del jabón se estancó, de manera que hubo que esperar a que llegara el siglo XVII para que, junto con el barroco, volviera el gusto por la higiene. No obstante, no fue hasta finales del siglo XVIII cuando se produjo un cambio realmente importante que haría que la industria del jabón ocupara un lugar que ya nunca dejaría. Y es que en 1791 un químico francés llamado Nicolás Leblanc desarrolló un método de preparación de carbonato de sodio, la sustancia presente en las cenizas y que se combina con la grasa para dar lugar al jabón, a partir de cloruro de sodio o sal común.
En la actualidad, para la fabricación de jabón no se utiliza carbonato de sodio sino que se utilizan otros álcalis, que son sustancias con un pH muy elevado –por encima de diez- como el hidróxido de sodio, o sosa cáustica, o el hidróxido de potasio. Lo que se hace es desarrollar una reacción química denominada saponificación entre estos álcalis y un ácido graso. En estas reacciones de saponificación, al hervir la grasa y añadir el álcali correspondiente se obtiene el jabón más una sustancia química llamada glicerina.
Pero, ¿por qué el jabón limpia la ropa? Para responder a esta pregunta hay que fijarse en la estructura de cualquier jabón, que tiene una parte hidrofóbica –que no se disuelve en agua- y una parte hidrofílica –que sí que se disuelve en agua-. Lo que va a pasar es que cuando el jabón se encuentre con una mancha, que normalmente tiene carácter orgánico y que por lo tanto no se disuelve en agua, tenderá a rodearla de manera que su parte hidrofóbica entre en contacto con la mancha y su parte hidrofílica se quede expuesta al agua, formando unas pequeñísimas gotas denominadas micelas que van a estar cargadas eléctricamente y que van a formar emulsiones que se podrán separar del resto de la disolución acuosa, eliminando así la suciedad.
Hoy en día no existe marca de cosmética y perfumería que no fabrique su propio jabón, de manera que existen jabones de todos los gustos y de todas las calidades. La industria del jabón mueve miles de millones de euros al año en todo el mundo y la higiene básica se ha convertido en una cuestión de primera necesidad.
En cualquier caso, independientemente de dónde residiera su sex-appeal, lo que es un hecho es que fue capaz de seducir a dos de los hombres más poderosos del imperio romano: Julio César y Marco Antonio. Los romances con ambos fueron trágicos hasta el punto de que el segundo de ellos se suicidó tras recibir un informe falso sobre la muerte de Cleopatra. Pocos días después, ella haría lo mismo para evitar caer en las manos de Octavio, el enemigo político de su marido.
La que fuera última reina del Antiguo Egipto profesaba con devoción el culto al cuerpo y lo hacía con tal rigor que se dice que pudo llegar a escribir un tratado de higiene y belleza, que no ha llegado a nuestros días. De ella sabemos que se bañaba en leche de burra aderezada con miel, que usaba carmín para sus labios y pinturas de color verde para sus párpados, que usaba pestañas postizas, que trataba el contorno de sus ojos con crema de albaricoque para disimular sus arrugas y que utilizaba el jabón como elemento básico de higiene.
Y es precisamente en Roma, esa ciudad que amó y odió a partes iguales a la reina egipcia, donde la leyenda cuenta que nació el jabón. Según ésta, en el monte Sapo se realizaban de manera habitual sacrificios de animales para honrar a los dioses. Los restos de estos sacrificios eran arrastrados por la lluvia de manera que iban a parar al río Tíber, a cuyas orillas las esclavas de la ciudad de Roma lavaban la ropa. Estas mujeres observaron que la mezcla de las grasas animales con las cenizas de la madera quemada en el sacrificio daba lugar a una sustancia que, en forma de espuma, flotaba en el río y que, además, hacía que el lavado fuera más efectivo.
El imperio romano fue creciendo y con él el interés por la higiene, perfeccionándose, a medida que transcurría el tiempo, la elaboración del jabón. No obstante, tras la caída del imperio romano, en el Siglo V, la primitiva industria del jabón se estancó, de manera que hubo que esperar a que llegara el siglo XVII para que, junto con el barroco, volviera el gusto por la higiene. No obstante, no fue hasta finales del siglo XVIII cuando se produjo un cambio realmente importante que haría que la industria del jabón ocupara un lugar que ya nunca dejaría. Y es que en 1791 un químico francés llamado Nicolás Leblanc desarrolló un método de preparación de carbonato de sodio, la sustancia presente en las cenizas y que se combina con la grasa para dar lugar al jabón, a partir de cloruro de sodio o sal común.
En la actualidad, para la fabricación de jabón no se utiliza carbonato de sodio sino que se utilizan otros álcalis, que son sustancias con un pH muy elevado –por encima de diez- como el hidróxido de sodio, o sosa cáustica, o el hidróxido de potasio. Lo que se hace es desarrollar una reacción química denominada saponificación entre estos álcalis y un ácido graso. En estas reacciones de saponificación, al hervir la grasa y añadir el álcali correspondiente se obtiene el jabón más una sustancia química llamada glicerina.
Pero, ¿por qué el jabón limpia la ropa? Para responder a esta pregunta hay que fijarse en la estructura de cualquier jabón, que tiene una parte hidrofóbica –que no se disuelve en agua- y una parte hidrofílica –que sí que se disuelve en agua-. Lo que va a pasar es que cuando el jabón se encuentre con una mancha, que normalmente tiene carácter orgánico y que por lo tanto no se disuelve en agua, tenderá a rodearla de manera que su parte hidrofóbica entre en contacto con la mancha y su parte hidrofílica se quede expuesta al agua, formando unas pequeñísimas gotas denominadas micelas que van a estar cargadas eléctricamente y que van a formar emulsiones que se podrán separar del resto de la disolución acuosa, eliminando así la suciedad.
Hoy en día no existe marca de cosmética y perfumería que no fabrique su propio jabón, de manera que existen jabones de todos los gustos y de todas las calidades. La industria del jabón mueve miles de millones de euros al año en todo el mundo y la higiene básica se ha convertido en una cuestión de primera necesidad.
jueves, 8 de octubre de 2009
EL REBELDE DESCONOCIDO Y LA DEFENSA DE LOS SÍMBOLOS
En 1.998 la revista Time elaboró una lista con los cien personajes más influyentes del siglo XX. Entre ellos había gente tan dispar como Albert Einstein, Marilyn Monroe, Juan Pablo II, Hitler o el Che Guevara. Pero si hay algo que sorprende al examinar el curioso inventario es la presencia de un personaje que carece de nombre y apellidos. Se trata de “El Rebelde Desconocido”. De él poco se sabe. No se tienen declaraciones suyas y ni siquiera una imagen nítida de su rostro. El rebelde desconocido es el apodo que se le dio a un hombre anónimo que el cinco de junio de 1.989 se opuso, con su simple presencia, al avance de una columna de tanques en el transcurso de las revueltas de la Plaza de Tiananmen, en China.
Las revueltas habían comenzado casi dos meses antes y en ellas intelectuales, trabajadores y grupos estudiantiles protestaban por la opresión del gobierno comunista, la alta inflación o el fracaso de la reforma económica. Finalmente estas manifestaciones de malestar acabaron por la fuerza y se estima que unos 2.000 civiles murieron en el intento del gobierno por calmar la situación. Todavía hoy, éste es un tema tabú en China. Lo que el ejecutivo denominó como una actuación para normalizar la situación del país, los más reaccionarios entienden que fue una práctica totalmente desmesurada, y es que sacar el ejército a la calle, blindados incluidos, para tratar de acallar los ánimos de un grupo perfectamente controlable que simplemente manifestaba su malestar por la situación social y económica del gran gigante asiático sí que parece ir en contra del principio de proporcionalidad.
Pero aquel cinco de junio, la imagen del rebelde desconocido plantado en mitad de la calle se iba a convertir en un icono por la libertad. Cuando la columna de tanques avanzaba en dirección al ciudadano anónimo, todo el que contemplaba la imagen esperaba el fatal desenlace. La lógica dictaba que aquel hombre moriría bajo las cadenas de los carros de combate si no se movía de allí. Pero entonces, el primero de los tanques se detuvo y tras él los demás. Un solo hombre, desarmado y sin ninguna intención belicista, había conseguido frenar el avance de un ejército que días antes se había mostrado despiadado.
El rebelde desconocido se comportó como la piel de nuestro organismo, repeliendo el ataque del agente patógeno que en este caso eran los tanques. Se puede decir, estableciendo un paralelismo, que aquel hombre ejerció como el primer nivel de defensa de un supuesto sistema inmunitario. Y es que éste, el sistema inmunitario, se puede dividir en tres niveles.
El primer nivel de defensa lo forman las barreras superficiales. La primera y más evidente dentro de éstas es la piel, que actúa como barrera mecánica y que forma la primera línea de defensa contra infecciones. Otros ejemplos de barreras mecánicas son la orina y las lágrimas por la acción que ejercen de arrastre de patógenos. Dentro de este primer nivel de defensa también están las barreras químicas, como las proteínas antimicrobianas de la saliva o la leche materna, y las barreras biológicas, como la flora intestinal o genital.
No obstante, este tipo de barreras no es capaz de frenar el cien por cien de los patógenos, y cuando uno escapa a este nivel de defensa es el turno del sistema inmunitario innato, que presenta una respuesta inespecífica inmediata. Dentro de este tipo de inmunidad se encuentran los procesos de inflamación –mediados por unas moléculas llamadas eicosanoides y citocinas-, la línea de las células blancas o leucocitos –macrófagos, neutrófilos, etc.- y un sistema denominado “del complemento” que se presenta como una cascada de reacciones que terminan por afectar a las células extrañas.
Por último, el nivel más específico de defensa que posee nuestro sistema inmunitario es el sistema adaptativo. Éste presenta como principal característica la memoria inmunológica, que le permite reconocer agentes patógenos particulares a lo largo del tiempo, y está mediado por unas células denominadas linfocitos. Las clases principales de éstos son los de la serie B, que producen los anticuerpos, y los de la serie T, que coordinan la respuesta inmune secretando unas proteínas específicas al medio.
Ninguno de estos niveles de defensa tiene sentido en ausencia de los demás y sólo se entienden en el global del sistema inmunitario. La acción del rebelde desconocido, por muy loable que nos parezca, careció de sentido en términos de defensa. Hay quien piensa que aquel hombre fue ejecutado días después y quien dice que se encuentra escondido en el interior rural de China. Su acción, como estrategia militar, fue un auténtico desastre, pero fue un símbolo y también de símbolos se construye la historia.
Las revueltas habían comenzado casi dos meses antes y en ellas intelectuales, trabajadores y grupos estudiantiles protestaban por la opresión del gobierno comunista, la alta inflación o el fracaso de la reforma económica. Finalmente estas manifestaciones de malestar acabaron por la fuerza y se estima que unos 2.000 civiles murieron en el intento del gobierno por calmar la situación. Todavía hoy, éste es un tema tabú en China. Lo que el ejecutivo denominó como una actuación para normalizar la situación del país, los más reaccionarios entienden que fue una práctica totalmente desmesurada, y es que sacar el ejército a la calle, blindados incluidos, para tratar de acallar los ánimos de un grupo perfectamente controlable que simplemente manifestaba su malestar por la situación social y económica del gran gigante asiático sí que parece ir en contra del principio de proporcionalidad.
Pero aquel cinco de junio, la imagen del rebelde desconocido plantado en mitad de la calle se iba a convertir en un icono por la libertad. Cuando la columna de tanques avanzaba en dirección al ciudadano anónimo, todo el que contemplaba la imagen esperaba el fatal desenlace. La lógica dictaba que aquel hombre moriría bajo las cadenas de los carros de combate si no se movía de allí. Pero entonces, el primero de los tanques se detuvo y tras él los demás. Un solo hombre, desarmado y sin ninguna intención belicista, había conseguido frenar el avance de un ejército que días antes se había mostrado despiadado.
El rebelde desconocido se comportó como la piel de nuestro organismo, repeliendo el ataque del agente patógeno que en este caso eran los tanques. Se puede decir, estableciendo un paralelismo, que aquel hombre ejerció como el primer nivel de defensa de un supuesto sistema inmunitario. Y es que éste, el sistema inmunitario, se puede dividir en tres niveles.
El primer nivel de defensa lo forman las barreras superficiales. La primera y más evidente dentro de éstas es la piel, que actúa como barrera mecánica y que forma la primera línea de defensa contra infecciones. Otros ejemplos de barreras mecánicas son la orina y las lágrimas por la acción que ejercen de arrastre de patógenos. Dentro de este primer nivel de defensa también están las barreras químicas, como las proteínas antimicrobianas de la saliva o la leche materna, y las barreras biológicas, como la flora intestinal o genital.
No obstante, este tipo de barreras no es capaz de frenar el cien por cien de los patógenos, y cuando uno escapa a este nivel de defensa es el turno del sistema inmunitario innato, que presenta una respuesta inespecífica inmediata. Dentro de este tipo de inmunidad se encuentran los procesos de inflamación –mediados por unas moléculas llamadas eicosanoides y citocinas-, la línea de las células blancas o leucocitos –macrófagos, neutrófilos, etc.- y un sistema denominado “del complemento” que se presenta como una cascada de reacciones que terminan por afectar a las células extrañas.
Por último, el nivel más específico de defensa que posee nuestro sistema inmunitario es el sistema adaptativo. Éste presenta como principal característica la memoria inmunológica, que le permite reconocer agentes patógenos particulares a lo largo del tiempo, y está mediado por unas células denominadas linfocitos. Las clases principales de éstos son los de la serie B, que producen los anticuerpos, y los de la serie T, que coordinan la respuesta inmune secretando unas proteínas específicas al medio.
Ninguno de estos niveles de defensa tiene sentido en ausencia de los demás y sólo se entienden en el global del sistema inmunitario. La acción del rebelde desconocido, por muy loable que nos parezca, careció de sentido en términos de defensa. Hay quien piensa que aquel hombre fue ejecutado días después y quien dice que se encuentra escondido en el interior rural de China. Su acción, como estrategia militar, fue un auténtico desastre, pero fue un símbolo y también de símbolos se construye la historia.
miércoles, 23 de septiembre de 2009
VINO Y VINAGRE. UNA CUESTIÓN DE pH
Las historias del vinagre y del vino comparten ramajes. Aunque durante mucho tiempo uno ha sido considerado el producto de oxidación indeseado del otro –esto se puede comprobar incluso gramáticamente; la palabra vinagre proviene del latín vinum acre, vino agrio-, lo cierto es que hoy en día, la consideración hacia el vinagre ha ganado muchos enteros.
Las primeras noticias que tenemos sobre la existencia del vino se remontan más de siete mil años desde nuestros días y es un hecho destacado que la mayoría de las culturas clásicas –sobre todo la egipcia, la griega y la romana- lo colocan en el centro de sus celebraciones y rituales, dotándolo así de una importancia que no ha tenido ninguna otra bebida a lo largo de la historia. En ellas incluso llegó a crearse el dios que representaba a esta bebida –Baco o Dioniso- y la tradición cristiana le ha otorgado siempre una importancia suprema, posicionándolo en el centro de la última cena que Jesús celebró con sus discípulos o utilizándolo para motivar su primer milagro en el episodio de las bodas de Caná.
Casi en paralelo, la historia del vinagre llega hasta nuestros días. Y es que aquellos primeros vinagre eran la consecuencia del mal almacenaje del vino, que acababa agriado y perdía así su valor. Se puede decir, por lo tanto, que uno era la alteración natural del otro. No obstante, ya en la Grecia Clásica ciertos autores otorgan al vinagre características medicinales, atribuyéndole efectos positivos como antiséptico en la limpieza de heridas, como analgésico o como elemento de prevención del “mal de melancolía” o lo que hoy conocemos como depresión.
Históricamente, el vinagre también ha sido utilizado en la conservación de los alimentos en modo de escabeche. En zonas donde la pesca o la caza eran abundantes durante una época del año, esta forma de almacenar y conservar la comida se hizo muy común y facilitó la vida a sus habitantes.
En la actualidad sabemos que el vinagre es una solución acuosa diluida de ácido acético, que se obtiene después de que una serie de bacterias conocidas en su conjunto como bacterias del ácido acético oxiden el alcohol del vino y de algunas otras bebidas alcohólicas con un porcentaje de etanol no muy alto. Una característica importante de este tipo de bacterias es que, a pesar de estar formadas por un grupo muy heterogéneo de microorganismos, todas presentan una alta tolerancia a la acidez, de manera que muchas de estas cepas pueden crecer a pH inferiores a cinco.
Pero, ¿a qué nos referimos exactamente cuando hablamos de pH? El pH es la forma más común y más sencilla que tenemos para medir el grado de acidez de una solución acuosa y se calcula con una fórmula matemática. Medir el grado de acidez, en el fondo, no es otra cosa que medir la concentración de unos iones llamados hidronio -que se representan como H3O+-. A esta concentración de iones también se le conoce como potencial de hidrógeno; de ahí el nombre de pH.
Para medir el pH de una solución, por lo tanto, lo que tendremos que hacer será medir la concentración de este ion y realizar una operación matemática que consiste en calcular su logaritmo decimal, cambiándole el signo al valor numérico obtenido. Este término se usa desde principios del siglo XX, cuando fue introducido por el químico danés Sorensen, por lo cómodo que resulta el manejo de sus unidades. Y baste para simplificarlo un ejemplo. El agua pura tiene un pH de 7, que se considera un pH neutro, así como se habla de pH ácido a los inferiores a este valor y pH básico a los superiores. Pues bien, un pH de 7 quiere decir que la concentración de iones hidronio que hay en esa solución es de 0.0000001 molar. Es decir, un cero seguido de siete decimales.
En nuestra vida de a diario nos hemos acostumbrado a convivir con este término, aunque aún nos cuesta familiarizarnos con ciertos valores de pH que nos permitirían comparar y relativizar. Por ejemplo, el pH del vinagre que podemos tener en cualquiera de nuestras cocinas ronda el valor 3, mientras que el del ácido de una batería de uno de nuestros coches, vale en torno a 1. Un refresco de cola tiene un pH de entre 2 y 3, mientras que el de nuestros jugos gástricos se mueve en valores entre 1 y 2. El amoníaco tiene un pH de 11 y hablamos de lluvia ácida cuando el valor de su pH baja de 5.
En términos puramente químicos podemos decir que una de las diferencias más importantes entre el vino y el vinagre es el pH al que se encuentran, aunque esto sería reducir demasiado una cuestión que lleva acompañándonos desde el principio de la civilización.
Las primeras noticias que tenemos sobre la existencia del vino se remontan más de siete mil años desde nuestros días y es un hecho destacado que la mayoría de las culturas clásicas –sobre todo la egipcia, la griega y la romana- lo colocan en el centro de sus celebraciones y rituales, dotándolo así de una importancia que no ha tenido ninguna otra bebida a lo largo de la historia. En ellas incluso llegó a crearse el dios que representaba a esta bebida –Baco o Dioniso- y la tradición cristiana le ha otorgado siempre una importancia suprema, posicionándolo en el centro de la última cena que Jesús celebró con sus discípulos o utilizándolo para motivar su primer milagro en el episodio de las bodas de Caná.
Casi en paralelo, la historia del vinagre llega hasta nuestros días. Y es que aquellos primeros vinagre eran la consecuencia del mal almacenaje del vino, que acababa agriado y perdía así su valor. Se puede decir, por lo tanto, que uno era la alteración natural del otro. No obstante, ya en la Grecia Clásica ciertos autores otorgan al vinagre características medicinales, atribuyéndole efectos positivos como antiséptico en la limpieza de heridas, como analgésico o como elemento de prevención del “mal de melancolía” o lo que hoy conocemos como depresión.
Históricamente, el vinagre también ha sido utilizado en la conservación de los alimentos en modo de escabeche. En zonas donde la pesca o la caza eran abundantes durante una época del año, esta forma de almacenar y conservar la comida se hizo muy común y facilitó la vida a sus habitantes.
En la actualidad sabemos que el vinagre es una solución acuosa diluida de ácido acético, que se obtiene después de que una serie de bacterias conocidas en su conjunto como bacterias del ácido acético oxiden el alcohol del vino y de algunas otras bebidas alcohólicas con un porcentaje de etanol no muy alto. Una característica importante de este tipo de bacterias es que, a pesar de estar formadas por un grupo muy heterogéneo de microorganismos, todas presentan una alta tolerancia a la acidez, de manera que muchas de estas cepas pueden crecer a pH inferiores a cinco.
Pero, ¿a qué nos referimos exactamente cuando hablamos de pH? El pH es la forma más común y más sencilla que tenemos para medir el grado de acidez de una solución acuosa y se calcula con una fórmula matemática. Medir el grado de acidez, en el fondo, no es otra cosa que medir la concentración de unos iones llamados hidronio -que se representan como H3O+-. A esta concentración de iones también se le conoce como potencial de hidrógeno; de ahí el nombre de pH.
Para medir el pH de una solución, por lo tanto, lo que tendremos que hacer será medir la concentración de este ion y realizar una operación matemática que consiste en calcular su logaritmo decimal, cambiándole el signo al valor numérico obtenido. Este término se usa desde principios del siglo XX, cuando fue introducido por el químico danés Sorensen, por lo cómodo que resulta el manejo de sus unidades. Y baste para simplificarlo un ejemplo. El agua pura tiene un pH de 7, que se considera un pH neutro, así como se habla de pH ácido a los inferiores a este valor y pH básico a los superiores. Pues bien, un pH de 7 quiere decir que la concentración de iones hidronio que hay en esa solución es de 0.0000001 molar. Es decir, un cero seguido de siete decimales.
En nuestra vida de a diario nos hemos acostumbrado a convivir con este término, aunque aún nos cuesta familiarizarnos con ciertos valores de pH que nos permitirían comparar y relativizar. Por ejemplo, el pH del vinagre que podemos tener en cualquiera de nuestras cocinas ronda el valor 3, mientras que el del ácido de una batería de uno de nuestros coches, vale en torno a 1. Un refresco de cola tiene un pH de entre 2 y 3, mientras que el de nuestros jugos gástricos se mueve en valores entre 1 y 2. El amoníaco tiene un pH de 11 y hablamos de lluvia ácida cuando el valor de su pH baja de 5.
En términos puramente químicos podemos decir que una de las diferencias más importantes entre el vino y el vinagre es el pH al que se encuentran, aunque esto sería reducir demasiado una cuestión que lleva acompañándonos desde el principio de la civilización.
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